La santidad es cosa de TODOS

El pasado día doce de marzo se cumplieron 393 años de la canonización de cuatro españoles por parte del Papa Gregorio XV ¡cuatro a la vez! No está nada mal. Lo que me hizo pensar fue quiénes eran esos cuatro santos: un analfabeto madrileño, una “niña bien” de Ávila, un militar de Azpeitia y un aristócrata navarro.

Es algo que ya sabemos todos y que no viene mal recordar de vez en cuando: TODOS estamos llamados a la Santidad. Sean cuales sean nuestros orígenes, paso y circunstancias, todos. Aquellos cuatro individuos, Isidro de Merlo Quintana, Teresa de Cepeda y Ahumada, Íñigo López de Loyola y Francisco de Jasso y Azpilicueta, fueron llamados y siguieron a su Señor. Abrieron camino, construyeron, generaron Vida. San Isidro Labrador, Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier.

Esta mañana, al rezar Laudes, lo he vuelto a recordar con el himno a Dios, realizador de maravillas, porque me he dado cuenta de que todos ellos fueron plenamente conscientes –y coherentes con ello- de pertenecer a “…un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y entrar en su luz admirable”.

Tenemos ejemplos de lo más variopinto, de todos los colores, continentes, tendencias. En el mundo serían gente con diferentes personalidades, algunos tremendamente humildes, otros más irascibles; los habrá habido simpáticos o más distantes, guapos o feos, altos o bajos; fríos o cercanos… Pero todos dóciles a la voz de su Señor. Todos abriendo camino, construyendo, generando Vida.

Unos fueron y otros son. ¿Los vemos? ¿Los reconocemos?

A los de hoy que caminan por la calle, a nuestro lado ¿los vemos?

A aquellos asesinados por ser cristianos, o muertos por el hambre, el frío o la guerra; a los ahogados o fallecidos en cualquier frontera ¿los reconocemos? ¿seguro?

A los inocentes matados en cualquier útero ¿los defendemos? ¿de verdad?

Hay tantas maneras de llegar a Dios como seres humanos, recordó en alguna ocasión  Benedicto XVI a un periodista. Tantas maneras de ser santo como seres humanos, con tantos matices como los que cada persona tenga. Pero solamente se consigue con la propia vida y tras las huellas de Cristo. Poniendo los dones para abrir camino, construir, generar Vida. Unos más silencioso, otros más mediáticos. Unos desde el discreto y callado devenir cotidiano, otros más ruidosos. Con la vida de cada uno, haciendo de la Vida un arte para los demás. Unos escriben, otros pintan, o componen o cantan. O nada de lo anterior. Todos hacen de su vida un arte de entrega y felicidad para los demás. ¿Los vemos…? ¿Los reconocemos…?

No sé si lo hacemos, si en ocasiones quienes nos escandalizan son precisamente santos en camino, en gerundio, y el escándalo verdadero es sentirnos movidos y, sin embargo, auto generar rechazo a aquello que nos mueve. Estoy convencido de que muchas veces es exactamente tal cual; rígidos miembros de cómodos sanedrines. Como diría uno de los santos Redentoristas, San Clemente Mª Hofbauer, el Evangelio debe ser predicado siempre de manera nueva. Y no debemos tener miedo a las nuevas maneras cuando éstas lo que anuncian de nuevo es el Evangelio.

Pero ¿y cada uno de nosotros? No “ellos”, no “él”; tú y yo. Así, crudamente, en primera persona. ¿Nos ven? ¿Nos reconocen? ¿Te ven? ¿Me reconocen? ¿Qué ven en nosotros? ¿Qué ven en mi? ¿Mostramos el rostro de Cristo? ¿Llevamos Esperanza? ¿Inspiramos Paz? ¿Reflejamos la luz de la misericordia, de la Redención? Si no es así, quizás deberíamos plantearnos si vivimos o no el Evangelio o si habremos de vivirlo de una forma nueva. Porque a la santidad estamos llamados todos.

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Casado y padre de dos niñas. Misionero Laico del Santísimo Redentor. Scalando en Familia.

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Enrique Casanueva

Casado y padre de dos niñas. Misionero Laico del Santísimo Redentor. Scalando en Familia.

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