Cómo llegar a los jóvenes a través de internet

Aunque la pregunta es buena, y muchos se la hacen, la respuesta es relativamente complicada. En primer lugar, diría que son más receptivos a escuchar determinados mensajes que otros. En segundo lugar, no siempre las intenciones son igualmente limpias, se revista de felicidad o libertad o de lo que se quiera. Y los jóvenes, que son jóvenes por definición, se dejarán llevar más por unas que por otras, igual que les ocurre a los adultos que con ahínco y cansinez se quejan de estos muchachos veleta.

Pero puestos a reflexionar sobre el asunto diría lo siguiente:

  1. Buscan referencias cercanas, de personas con vidas atractivas. La gran cuestión entonces es quién y de qué modo está dispuesto a llegar a ellos. Como siempre y como a todos. Y aparecen discursos de gran humildad: “Yo no, yo no, seguro que lo hará otro mejor que yo”; y esto deriva en lo que deriva, en que toma la palabra otro ciertamente, interesado en sus cosas. Vida atractiva no significa lo mismo a los 15 que a los 40 años, aunque compartan algunas características. Los millenians se afanan en encontrar referentes de pasión, de intensidad, de “autenticidad”, que cumplan sus cánones, y les haga reír, es decir que tenga humor.
  2. Más vídeos que imágenes, y adiós texto escrito si no es un titular. La época de los Powerpoints de frases y paisajes, que nunca leí y siempre tiraba a la basura, ha evolucionado hacia otras formas igualmente pobres. Lo que los jóvenes buscan son vídeos, movimiento, gente que mire a la cámara y hable como si les hablase solo a ellos, sin discursos preparados al modo como otros preparan sus discursos. Aunque el escenario sea de lo más cotidiano, una habitación similar a la suya reflejo del lugar en el que están horas y horas cada día.
  3. Sentirse parte, pertenecer. La pertenencia social se adquiere de muchas maneras, que los psicólogos pueden explicar. Pero un modo particularmente importante es ver lo mismo y hablar de ello. Incluso ser de los primeros en verlo para contárselo a los demás compañeros. Así pueden decir que son de una generación común. Luego que muchos lo vean será siempre algo a tener en cuenta. De vez en cuando se comparte algo original de carácter marginal, siendo la excepción de la regla anterior. Lo importante por tanto es hablar a un grupo amplio y concreto de personas, que en el fondo están buscando o quieren escuchar algo. Olvidar esto y no discriminar, es un gran error. (Internet tiene mucho, pero mucho de comunidad, grupo, identificación… ¡Quien no lo sepa y no esté dispuesto a asociar a jóvenes, que se retire.)
  4. Quieren respuestas, sin moldes. Eso es lo que hacen precisamente los YouTubers más famosos, esos que ven una y otra vez, y que se han convertido en “solución para sus conflictos” (el entrecomillado es mío). Si alguna vez te has pasado por algún canal de los que ven, descubrirás que responden a preguntas de los seguidores, no los dejan al margen, y de este modo escuchan a una generación entera. Pero sus respuestas rompen moldes, no se ajustan a la prudencia que cabe esperar en un adulto ni a la distancia razonable que adopta un educador. Se implican y hablan en primera persona, casi como si lo estuvieran viviendo, se indignan o se alegran, se pringan… Lo aséptico no cala en ellos, no son una generación racional.
  5. Ellos escogen, o al menos eso piensan. Sus redes son “cerradas” y cada vez más han aprendido a seleccionar seguidores, o al menos lo intentan. Hablan para su gente, se comunican con su gente, se dejan ver por su gente. Tienden a seleccionar, aunque se equivoquen en su restricción y apertura. Por eso el whatsapp es uno de sus rincones preferidos, por eso ha calado tanto el chat de Snapchat, por eso el continuo diálogo que establecen a través de la historia de Instagram… Pertenecer a sus redes, con un contenido adulto y serio, es un privilegio. Entablar diálogo sobre sus preocupaciones más cotidianas es un don que ellos hacen a quien quieren, y en el que no permiten que cualquiera pueda estar juzgándolos sin comprenderlos. Aunque huelga decir que un adolescente es siempre alguien que se siente incomprendido, de ahí el especial esfuerzo que hay que hacer en silenciarse a sí mismo y dar cabida al otro.

El compromiso digital también es relevante #PrayForParis #PrayForBeirut

Este fin de semana hemos asistido a un nuevo ejemplo de la barbarie. Ojalá nunca nos resulte familiar y siempre lo tratemos como extraño, incluso siendo capaces de ver cómo en nuestro mundo la maldad, el terrorismo y la violencia suceden todos los días.

La respuesta digital, que muchos toman como algo banal y casi ridículo, a mí me parece muy significativa. Desde el viernes por la noche fue cobrando fuerza #PrayForParis, #JeSuiParis, #TodosSomosParis, y otros similares. La mañana del sábado comenzaban a verse perfiles de Facebook teñidos por la bandera de Francia y no pocos vídeos de Youtube han cantado durante el domingo La Marsellesa. Semejante volumen de participación e implicación digital es para celebrar.

  1. Manifestaciones masivas que han sido públicas y pacíficas. Ejercer de este modo el derecho a hablar, mejor dicho la obligación de hablar ante lo que sucedía pienso que debe considerarse como un valor que reconoce lo mayoritariamente compartido: el escándalo, el estupor, la extrañeza, la perplejidad. Esto no forma parte de nuestra cultura y es rechazado de forma masiva. No he visto a nadie que pasara del tema, una vez enterado de ello, e hiciera como si nada, siguiera compartiendo lo suyo y punto. Es más, sí he visto lo contrario, personas que se refrenaban para no hablar de otras cosas por no banalizar el momento que se estaba viviendo. Un gran respeto encogió la red durante el fin de semana.
  2. También existe una responsabilidad digital, que debemos aprender a utilizar bien. Tanto en su carácter público como privado, sabiendo qué apoyamos, mostrando unidad, construyendo sociedad y pensamiento en una dirección, y evitando que sea tomado este nuevo continente por las primeras impresiones, la irracionalidad de las frases bonitas o la inconsistencia del pensamiento débil. Este es un universo entrelazando íntimamente con numerosas personas, mayores y jóvenes, que bien puede ser algo más que espejo triste y bajo de lo que sucede fuera de él. Me pregunto muchas veces si, conscientes del mundo que estamos construyendo y de sus enormes valores y posibilidades, no queda reducido a dos o tres miserias cotidianas y un par de alarmas al año, en lugar de extraer de él su potencial y dirigirlo hacia una sociedad más justa, dialogante y verdadera.
  3. El tono general de las declaraciones era muy positivo y pacífico. Que triunfe un hashtag en la red que afirme la paz, que no se haga fuerte ni la violencia ni el odio, me parece que es para reconocer. Además, el tono en el que acompañaba a ese vínculo común remarcaba aún más la necesidad de no confundir, de no dar rienda a la venganza, de seguir construyendo paz, democracia, libertad. No quiero ni pensar en un escenario contrario, en el que se haga masiva la petición de guerra, en el que las redes sociales pudieran impulsar un odio masivo hacia determinadas personas dentro de nuestras fronteras y fuera de ellas. Sería desastroso.
  4. El viernes las redes sociales abrían las puertas de las casas. Los parisinos compartían en Twitter la dirección de su casa comunicando que estaba abierta para cualquiera que quisiera refugiarse. Me parece muy notable este hecho, muy significativo. Las redes sociales sirvieron entonces para comunicarse también con personas desconocidas, en el mejor sentido de la palabra, que estaban indefensas. Sabemos usar las cosas para el bien, convivir a través de ellas, prestar auxilio. Cuando lo escuché me alegré enormemente por el camino que se abre ante nosotros. Esas personas seguramente queden conectadas durante toda su vida.
  5. Gracias a las redes sociales hemos estado pendientes de lo que sucedía. Y también han sido las mismas redes las que daban alerta sobre lo que pasaba en otros lugares. Creo que #Beirut hubiera pasado mucho más desapercibida sin la amplia participación y sensibilidad en este momento de tantas personas. De algún modo las redes sociales impiden que “nos limitemos” a cuatro fuentes y seamos capaces de otear más allá de lo que aparece en las primeras páginas. Unir, como sucedió, dos grandes situaciones a través de un hashtag parecido sirvió para tomar conciencia de algo más grande, de la incapacidad para cerrarse en un hecho sin mirar más allá en el mundo en el que vivimos. Yo sentí, muchos seguramente también, que dos partes del planeta quedaban íntimamente conectadas por la barbarie, y que toda persona, sea de donde sea, es igualmente digna, merece igualmente mi dolor por el mal que estaban viviendo.

Sin embargo, con todo esto también hay que añadir que resultaría insuficiente un compromiso y responsabilidad que fuera sólo de fin de semana, motivado por el estupor del momento, y que no diera paso a nada más. De algún modo las redes sociales se agotan aquí y no llegan mucho más lejos. La acción, la respuesta deben venir de otro lado. Ahora bien, sabemos ya que cuentan con el apoyo de la inmensa mayoría de la población en Europa. Ojalá pudiera decir, sin miedo a equivocarme, que lo de hoy no se olvidará y que servirá para que apoyemos el bien y la paz en el mundo, frente al mal y la barbarie. Ojalá pudiera expresar, pensando que es verdad, que por fin se dejaron a un lado ciertas separaciones y rencillas para arrimar el codo en la misma dirección. Mucho me temo, sin embargo, que todo lo que celebro en las redes, y que me parece importante, carece de verdadero vigor y fuerza si no se plasma igualmente fuera de ellas, y que mañana, más allá de las primeras conversaciones, todo esto quedará lamentablemente a un lado.

Mañana no será #TT ninguna noticia relacionada con la del fin de semana, ni de empatía ni por la paz. Y esto acumula a nuestras espaldas derrotas, olvidos y debilidades frente a quienes quieren la guerra.

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Iglesia que se renueva en la red

Aprendemos, mucho más lentamente de lo esperado, que nuestro momento en la historia no es toda la historia. Y que, aunque lo vivamos auténticamente y con entusiasmo, es obligado mirar atrás, agradecer y heredar, corregir y continuar. Un proyecto con dos patas del que no se puede quebrar. Dicho de otro modo, ni prescindir de la necesaria actualización, ni pretender empezar de nuevo.

El mundo digital ha ayudado a muchos a buscar una mayor renovación. Al menos en cuanto a lenguajes, a apertura, a proximidad. Quiero pensar que, a diferencia de otras instituciones o grupos, no es mero maquillaje y apariencia. Me consta que ha supuesto reflexión en muchos casos y, al hilo de la misma, nuevos planteamientos. Escribir en abierto, dar la cara, difundir encuentros, mostrar la vida de la Iglesia, entrar en diálogo fructífero, hacer esfuerzos de acercamiento, superar prejuicios, derribar muros, mirar mejor el mundo, valorar más a toda persona. Y se ha hecho en muchos casos bien por no dejar de sentirse parte de una historia y un proyecto vivido con amplitud y en comunión. La red, que tiene mucho de evangélico, prima la relación y el contacto, o el contacto que deriva en relación.

Si pienso en claves importantes para la evangelización digital, diría lo siguiente:

  1. La estrechez de Twitter supone la oportunidad de pensar lo que queremos decir, en lugar de hablar por hablar. Y esto es muy importante, porque exige un cierto silencio.
  2. Poder interactuar, generar conversación sobre lo que acontece en nuestras sociedades implica estar atento y mirar. Una mirada que se ha hecho curiosamente local y global al mismo tiempo, que crece en ambas direcciones. Internet ha girado hacia uno de los núcleos más humanos, como plegándose a la huella de su creador: la relación.
  3. Cualquier red social sirve para darse a conocer, tanto como buscar conocer a otros y saber qué sienten, qué les preocupa, qué hay en su corazón. Y bendecir.
  4. La capacidad de asociación y pertenencia ha sido aprovechada por muchos como luz para poner en común, compartir y encontrarse siendo “parte de”. De algún modo ha ayudado a encontrar un lugar, no solitario, desde el que estar.
  5. El mundo digital ha obligado a “tragar” con la perspectiva del otro, que no pocas veces es a un tiempo su mirada legítima y la reducción del mundo hecha desde su mirada legítima. Y ahí, en ese momento, hay que aprender nuevamente a acoger, porque nos damos cuenta de que quizá nuestra mirada no sea la única mirada.
  6. Salir al encuentro, que también es posible, frente a planteamientos que reclaman apertura pero para que vengan aquí. Es decir, implicarse y comprometerse en las bondades de las personas, que no son ni pueden ser ajenas a la iglesia.
  7. En la cultura digital, quiero pensar, va ganando puntos la vida compartida frente al mero postureo existencialista. Los selfies, en los que aprendo a leer cómo están las personas y qué quieren decir, están cargados de la necesaria autenticidad sin la que todo se convierte en vacuo y superfluo. También, en este sentido, la red ha servido para mostrar una iglesia con rostro más humano.
  8. De igual modo, hemos ganado como cristianos en formación. No sólo en acceso a información, porque siempre hemos tenido a mano más de lo que podíamos abarcar, sino de formación. Inquietudes que nacen en no pocas ocasiones al hilo de acontecimientos que nos preocupan y que están ahí. Y que han ayudado a reordenar y reorientar ideas y prejuicios, que también se tienen.
  9. Dar la cara, porque en la red todo tiene nombre y foto (por no decir “rostro”). Ser entonces “yo” el que diga, el que exprese, el que muestre, el que hable, el que dé mi opinión, el que valore, el que aporte, el que tienda puentes. O lo contrario. Y ahí se ve una iglesia situada de otro modo.
  10. Muchas más cosas, sin duda alguna, pero termino con la necesidad de avanzar y dar nuevos pasos. La iglesia en misión, de la que habla Francisco, también se encuentra en la red para comunicar buenas noticias y la Buena Noticia.

Ojalá sea un ámbito que vivido con libertad y con espíritu de comunión, sirva al conjunto de la iglesia y de la sociedad.

Preocupado por el “posicionamiento en red”

Le voy dando vueltas a este asunto y creo que el nombre de “posicionamiento” está muy bien escogido. Muy, muy bien. Porque se trata de esto precisamente, de situarnos en la red de un modo parecido a como nos situamos en el resto de la realidad. La clave, por tanto, es comprender que todo internet ha generado un gran espacio en el que estamos posicionados a partir de nuestros comentarios, palabras, acciones, relaciones.

En este nuevo espacio no existen en principio ni muros, ni calles. La imagen que muchos utilizan es la de una gran plaza. Pero, ¿qué pasaría si en la gran plaza estoy colocado detrás de un gigante enorme, que parece haber engordado tanto que ya no parece humano? ¿Qué me dejaría ver? ¡Aparecieron los muros en forma de personas, en forma de grupos cerrados sobre sí mismos!

El verdadero posicionamiento en red se hace a través de la relación. Siguiendo con la metáfora, cuanto más enlazado estás, más grande eres. Y esto para muchos significa estar bien posicionado. Es una posición relativa, pero es posición. Cambia por tanto en función de los vínculos, conexiones, referencias, y todo lo compartido. Una situación referencial, referida, dependiente al fin y al cabo. Y muy medible, dicho sea de paso, muy matematizada, monitorizada, controlada. Tanto que da la sensación de usar personas de una u otra manera.

Sigamos avanzando. Quien se posiciona bien tiene habitualmente un perfil muy definido y se dirige a un grupo bien identificado de personas que buscan a partir de sus intereses. Esto tiene un nombre incluso. Como todos estos nombres, en inglés. Me imagino el asunto del siguiente modo. El que está en el centro, el supuestamente bien posicionado según las reglas de la red, comparte algo. Es decir, se supone que da, que entrega. Y lo que produce, sin embargo, es lo contrario. Comienza a recibir: visitas, menciones, comentarios, mensajes, interacciones al fin y al cabo. El primero “regaló” aparentemente de forma indiscriminada, en general, pero luego todo se vuelve a su favor. ¿Qué es lo que le ha hecho posicionarse “bien”? Fácil: dando 1 recibe, por ejemplo, 50. Y esto provoca inmediatamente su “engorde” digital a cambio de que otros “mermen” digitalmente. Si existiera una forma de verlo prácticamente, nos quedaríamos alucinados. La relevancia engorda.

Todo esto está claro. Salir de aquí es difícil. Pero me pregunto si hubiera sido posible otro tipo de red, menos egoísta en este sentido. Una red, por ejemplo, en la que se premiara el número de referencias que una persona hace de otras, y eso incrementara realmente su valoración. Una red verdaderamente interactiva, en este sentido, y no paralizada por el cálculo de la relevancia, que a la fuerza siempre es asimétrico. Me pregunto qué hubiera ocurrido y cómo sería este mundillo si, en lugar de lo que tenemos, fuera premiada la capacidad de unos y otros para interactuar en igualdad, o se aplaudiera la diversidad en lugar de los grupos cerrados que crecen y crecen más. Sin duda alguna, todo sería diferente. Me pregunto, por último, si no sería mejor verdaderamente, si no hubiera sido de mayor provecho, si no estamos ante una nueva posibilidad torpedeada por el mal que tantas veces ha acechado la humanidad.

Me parece que para un “buen” posicionamiento tendríamos que afrontar estos retos de futuro:

  1. ¿Con quién estoy?
  2. ¿Qué me permite ver y qué me oculta?
  3. ¿Mantengo una actitud abierta o cada vez más cerrada?
  4. ¿Es posible usar a los demás en la red? ¿Tengo que decir algo al respecto?
  5. ¿Qué papel juega esta “posición en red” en mi posición global en el mundo?
  6. ¿De qué lado, por decirlo de algún modo, me sitúo? ¿Del lado de quién?
  7. ¿Soy capaz de comprender diferentes posturas, o se va oxidando digitalmente esta capacidad?
  8. ¿Qué limites no se pueden tolerar, qué líneas rojas marcaría para todos (especialmente para mí)?
  9. ¿En qué me ayuda a ver y comprender mejor el mundo y a los demás?
  10. ¿Puedo salir de “mi perfil” o ando “encadenado” a sus etiquetas?

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Usar el móvil en clase. ¡Por supuesto! ¡Y más!

El móvil (smartphone) es un instrumento que genera una nueva situación y plantea nuevos retos. Me niego a pensar que todo lo que ofrece son conflictos, por mucho que aparezcan una y otra vez en los medios tristes episodios. Es una oportunidad excelente para educar y una herramienta que se ha convertido en imprescindible y omnipresente, que podría haberse planteado como aliada en las aulas en lugar de enemiga proscrita. Pero no ha sido así, porque nuestra legislación (y educación) continúa anclada en un pasado cada vez más lejano.

Cuando leo titulares sobre la “prohibición del móvil”, lo que entiendo que se quiere frenar verdaderamente es su mal uso personal o social. A nadie se le ocurriría prohibir el balón de fútbol en los colegios, a pesar de que algunos alumnos jueguen donde no deben, o retirar ciertos libros que tienen enganchados a otros muchachos y a los que se dedican en los tiempos libres. “Prohibir” es lo contrario de educar. Para educar se requieren más normas y límites que prohibiciones. Y normas, a decir verdad, de las que ayudan a hacer las cosas mejor, es decir, necesitamos métodos, caminos con sus pautas y límites.

Soy partidario del buen uso del móvil en el aula. Por recursos, porque me obliga a pensar las cosas de otro modo, porque va siempre con los chavales, porque tengo que enseñarles a vivir en el siglo XXI y utilizar lo que esté a su disposición para seguir adelante… Y porque el móvil sólo es un paso, muy llamativo por estar en los inicios, de un imparable incremento de la tecnología en todos los ámbitos de la vida. Comprender esto debería ser suficiente para replantearse qué estamos haciendo.

Para quienes digan que el móvil vuelve cómodos a los alumnos, le diré que pensaron lo mismo con la llegada de la calculadora y quizá incluso con la popularización de la enciclopedia. Y no es así de ningún modo. Lo ilustraré con un ejemplo: ahora tengo acceso a miles de recetas de cocina, pero para aprender a cocinar necesito algo más que un vídeo bajado de internet. Integrar tecnología será aprender a utilizar estos recursos informativos para algo, resolviendo correctamente un problema. Pero esto solo vale para los que consideran tecnología como un repositorio casi infinito de información.

La cuestión es más profunda. Internet significa conexión; si quieres, hiperconexión. Todo estará conectado: personas, realidad, proyectos, contenidos, desarrollos, investigaciones… Ya lo están ahora y no dejará de crecer. Mi médico dice que aunque en España se recorte en investigación contra el cáncer, los avances seguirán llegando; el problema es que estaremos a la cola de los avances, pero nos beneficiaremos de ellos porque todo está conectado.

Es decir, que el futuro está en esta enorme capacidad de vivir conectado y crear proyectos comunes. Y aquí los smartphones de hoy tienen mucho que decir, aunque supongo que pronto veremos otras cosas muy diferentes. Educar para la vida requiere afrontar este reto y preparar a los chavales de hoy de cara a este futuro, para que sea verdaderamente constructivo, para que se muestren competentes. En este sentido, la competencia “aprender a aprender“, ser flexible y autoprogramable, es ya fundamental, esencial, indispensable.

Y otra cuestión, que puede resultar a muchos subrealista y que a mí me ronda últimamente mucho por la cabeza. Cuando en el futuro haya máquinas inteligentes -más que ahora y más democratizadas, por así decir- me encantaría que la inteligencia de mis alumnos diese para abarcar las máquinas y dominarlas, y no al revés. Nos harán falta muchas inteligencias, o una sola para gobernarlas a todas. Tendrán que convivir con “chismes” en todos sitios, y me gustaría que supiesen sobradamente de qué va todo esto y cómo servirse de ellas, y no que sean una prolongación de todos estos instrumentos. Algo que sólo se hará con educación. ¡Lo veremos!

De momento una legislación arcaica nos gobierna. Me parece triste, muy triste frenar el desarrollo de tantos jóvenes por las carencias de sus mayores.

PD. Que conste que no he dicho, en ningún momento del post, que el móvil tenga que estar siempre encendido en clase, ni que se pueda usar de cualquier modo, mucho menos mal o de forma hiriente y perversa. Estas cosas las doy por supuestas dentro de una recta racionalidad.

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Usar el móvil en clase. ¡Por supuesto! ¡Y más!

El móvil (smartphone) es un instrumento que genera una nueva situación y plantea nuevos retos. Me niego a pensar que todo lo que ofrece son conflictos, por mucho que aparezcan una y otra vez en los medios tristes episodios. Es una oportunidad excelente para educar y una herramienta que se ha convertido en imprescindible y omnipresente, que podría haberse planteado como aliada en las aulas en lugar de enemiga proscrita. Pero no ha sido así, porque nuestra legislación (y educación) continúa anclada en un pasado cada vez más lejano.

Cuando leo titulares sobre la “prohibición del móvil”, lo que entiendo que se quiere frenar verdaderamente es su mal uso personal o social. A nadie se le ocurriría prohibir el balón de fútbol en los colegios, a pesar de que algunos alumnos jueguen donde no deben, o retirar ciertos libros que tienen enganchados a otros muchachos y a los que se dedican en los tiempos libres. “Prohibir” es lo contrario de educar. Para educar se requieren más normas y límites que prohibiciones. Y normas, a decir verdad, de las que ayudan a hacer las cosas mejor, es decir, necesitamos métodos, caminos con sus pautas y límites.

Soy partidario del buen uso del móvil en el aula. Por recursos, porque me obliga a pensar las cosas de otro modo, porque va siempre con los chavales, porque tengo que enseñarles a vivir en el siglo XXI y utilizar lo que esté a su disposición para seguir adelante… Y porque el móvil sólo es un paso, muy llamativo por estar en los inicios, de un imparable incremento de la tecnología en todos los ámbitos de la vida. Comprender esto debería ser suficiente para replantearse qué estamos haciendo.

Para quienes digan que el móvil vuelve cómodos a los alumnos, le diré que pensaron lo mismo con la llegada de la calculadora y quizá incluso con la popularización de la enciclopedia. Y no es así de ningún modo. Lo ilustraré con un ejemplo: ahora tengo acceso a miles de recetas de cocina, pero para aprender a cocinar necesito algo más que un vídeo bajado de internet. Integrar tecnología será aprender a utilizar estos recursos informativos para algo, resolviendo correctamente un problema. Pero esto solo vale para los que consideran tecnología como un repositorio casi infinito de información.

La cuestión es más profunda. Internet significa conexión; si quieres, hiperconexión. Todo estará conectado: personas, realidad, proyectos, contenidos, desarrollos, investigaciones… Ya lo están ahora y no dejará de crecer. Mi médico dice que aunque en España se recorte en investigación contra el cáncer, los avances seguirán llegando; el problema es que estaremos a la cola de los avances, pero nos beneficiaremos de ellos porque todo está conectado.

Es decir, que el futuro está en esta enorme capacidad de vivir conectado y crear proyectos comunes. Y aquí los smartphones de hoy tienen mucho que decir, aunque supongo que pronto veremos otras cosas muy diferentes. Educar para la vida requiere afrontar este reto y preparar a los chavales de hoy de cara a este futuro, para que sea verdaderamente constructivo, para que se muestren competentes. En este sentido, la competencia “aprender a aprender“, ser flexible y autoprogramable, es ya fundamental, esencial, indispensable.

Y otra cuestión, que puede resultar a muchos subrealista y que a mí me ronda últimamente mucho por la cabeza. Cuando en el futuro haya máquinas inteligentes -más que ahora y más democratizadas, por así decir- me encantaría que la inteligencia de mis alumnos diese para abarcar las máquinas y dominarlas, y no al revés. Nos harán falta muchas inteligencias, o una sola para gobernarlas a todas. Tendrán que convivir con “chismes” en todos sitios, y me gustaría que supiesen sobradamente de qué va todo esto y cómo servirse de ellas, y no que sean una prolongación de todos estos instrumentos. Algo que sólo se hará con educación. ¡Lo veremos!

De momento una legislación arcaica nos gobierna. Me parece triste, muy triste frenar el desarrollo de tantos jóvenes por las carencias de sus mayores.

PD. Que conste que no he dicho, en ningún momento del post, que el móvil tenga que estar siempre encendido en clase, ni que se pueda usar de cualquier modo, mucho menos mal o de forma hiriente y perversa. Estas cosas las doy por supuestas dentro de una recta racionalidad.

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Usar el móvil en clase. ¡Por supuesto! ¡Y más!

El móvil (smartphone) es un instrumento que genera una nueva situación y plantea nuevos retos. Me niego a pensar que todo lo que ofrece son conflictos, por mucho que aparezcan una y otra vez en los medios tristes episodios. Es una oportunidad excelente para educar y una herramienta que se ha convertido en imprescindible y omnipresente, que podría haberse planteado como aliada en las aulas en lugar de enemiga proscrita. Pero no ha sido así, porque nuestra legislación (y educación) continúa anclada en un pasado cada vez más lejano.

Cuando leo titulares sobre la “prohibición del móvil”, lo que entiendo que se quiere frenar verdaderamente es su mal uso personal o social. A nadie se le ocurriría prohibir el balón de fútbol en los colegios, a pesar de que algunos alumnos jueguen donde no deben, o retirar ciertos libros que tienen enganchados a otros muchachos y a los que se dedican en los tiempos libres. “Prohibir” es lo contrario de educar. Para educar se requieren más normas y límites que prohibiciones. Y normas, a decir verdad, de las que ayudan a hacer las cosas mejor, es decir, necesitamos métodos, caminos con sus pautas y límites.

Soy partidario del buen uso del móvil en el aula. Por recursos, porque me obliga a pensar las cosas de otro modo, porque va siempre con los chavales, porque tengo que enseñarles a vivir en el siglo XXI y utilizar lo que esté a su disposición para seguir adelante… Y porque el móvil sólo es un paso, muy llamativo por estar en los inicios, de un imparable incremento de la tecnología en todos los ámbitos de la vida. Comprender esto debería ser suficiente para replantearse qué estamos haciendo.

Para quienes digan que el móvil vuelve cómodos a los alumnos, le diré que pensaron lo mismo con la llegada de la calculadora y quizá incluso con la popularización de la enciclopedia. Y no es así de ningún modo. Lo ilustraré con un ejemplo: ahora tengo acceso a miles de recetas de cocina, pero para aprender a cocinar necesito algo más que un vídeo bajado de internet. Integrar tecnología será aprender a utilizar estos recursos informativos para algo, resolviendo correctamente un problema. Pero esto solo vale para los que consideran tecnología como un repositorio casi infinito de información.

La cuestión es más profunda. Internet significa conexión; si quieres, hiperconexión. Todo estará conectado: personas, realidad, proyectos, contenidos, desarrollos, investigaciones… Ya lo están ahora y no dejará de crecer. Mi médico dice que aunque en España se recorte en investigación contra el cáncer, los avances seguirán llegando; el problema es que estaremos a la cola de los avances, pero nos beneficiaremos de ellos porque todo está conectado.

Es decir, que el futuro está en esta enorme capacidad de vivir conectado y crear proyectos comunes. Y aquí los smartphones de hoy tienen mucho que decir, aunque supongo que pronto veremos otras cosas muy diferentes. Educar para la vida requiere afrontar este reto y preparar a los chavales de hoy de cara a este futuro, para que sea verdaderamente constructivo, para que se muestren competentes. En este sentido, la competencia “aprender a aprender“, ser flexible y autoprogramable, es ya fundamental, esencial, indispensable.

Y otra cuestión, que puede resultar a muchos subrealista y que a mí me ronda últimamente mucho por la cabeza. Cuando en el futuro haya máquinas inteligentes -más que ahora y más democratizadas, por así decir- me encantaría que la inteligencia de mis alumnos diese para abarcar las máquinas y dominarlas, y no al revés. Nos harán falta muchas inteligencias, o una sola para gobernarlas a todas. Tendrán que convivir con “chismes” en todos sitios, y me gustaría que supiesen sobradamente de qué va todo esto y cómo servirse de ellas, y no que sean una prolongación de todos estos instrumentos. Algo que sólo se hará con educación. ¡Lo veremos!

De momento una legislación arcaica nos gobierna. Me parece triste, muy triste frenar el desarrollo de tantos jóvenes por las carencias de sus mayores.

PD. Que conste que no he dicho, en ningún momento del post, que el móvil tenga que estar siempre encendido en clase, ni que se pueda usar de cualquier modo, mucho menos mal o de forma hiriente y perversa. Estas cosas las doy por supuestas dentro de una recta racionalidad.

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