Juguetes en las redes sociales

Hace ya tiempo que empezaron a llegar a casa catálogos de juguetes de hipermercados, grandes almacenes y jugueterías especializadas en educación. El que tengo a mi lado mientras escribo tiene ¡179 páginas! Junto a los juguetes de toda la vida, todos ofertan consolas y videojuegos. Algunos, dispositivos móviles como tablets y smartphones.

Es la época del año en la que nos hacemos más regalos. Algunos estudios, que han sido citados las últimas semanas en la prensa, dicen que gastaremos, en media, 250 euros por persona en hacer regalos pero lo cierto es que habrá muchos españoles que destinaremos importes muchos mayores. De hecho, en el mencionado catálogo, el juguete más caro es un mecano que interactúa y cuesta 399,99 euros.

Sin embargo, el Papa Francisco habla en su Encíclica Laudato Si´de nuestro “consumismo obsesivo”, constatando que “las personas terminan sumergidas en la vorágine de las compras y los gastos innece­sarios” (n. 203 del capítulo “Apostar por otro estilo de vida”).

Así que me he animado a investigar qué se dice en las redes sociales de los juguetes.

En Facebook solo aparece publicidad de los comerciantes con numerosas promociones. Ni siquiera he encontrado el grupo que unos padres abrieron hace unos años para protestar por tener que estar los días 6 y 7 de enero montando juguetes, que vienen descompuestos en cajas comprimidas por razones de abaratamiento de la logística (con el que me identifiqué, por cierto).

Por otra parte, en Twitter proliferan en abundancia las campañas solidarias que invitan a sumarse a recogidas de juguetes para niños que no podrán tenerlos, organizadas no sólo por oenegés sino incluso por equipos de fútbol como la Real Sociedad. De ellas quiero destacar la de @MayFeelings Toys que pone en contacto directo a quienes pueden compartir sus juguetes con familias que los necesitan.

También he encontrado algunos tuits, muy escasos, dedicados a defender que los juguetes no tienen género. E incluso, algunos abriendo el debate entre los juguetes tradicionales versus los digitales. Muy pocos y sin impacto. Qué decepción. Pensé que las redes sociales sería un buen lugar para este tipo de debates.

Más originales son los tuiteros nostálgicos que añoran sus juguetes de la infancia.

Por último, también hay quien advierte de las falsificaciones de juguetes en España.

O del incremento de los precios después de unos años de congelación por la crisis económica. Pero no he sido capaz de rastrear comentarios que cuestionen el nivel de consumo. Menos mal que @AleteiaES nos ha recordado que “Caprichos, antojos y juguetes en Navidad: a veces hay que decir No” (go.aleteia.org/sQdkcOM) 

El mejor regalo

Desde el blog de Imision animo a utilizar a las redes sociales para ayudarnos, unos a otros, a reflexionar en profundidad sobre el sentido que damos a los regalos navideños. Apoyemos la campaña www.estanavidadregalate.com con su video #elmejorregalo que también nos ha acercado @AleteiaEs: “Esta Navidad haz el mejor regalo: A ti mismo”.

 

Preocupado por el “posicionamiento en red”

Le voy dando vueltas a este asunto y creo que el nombre de “posicionamiento” está muy bien escogido. Muy, muy bien. Porque se trata de esto precisamente, de situarnos en la red de un modo parecido a como nos situamos en el resto de la realidad. La clave, por tanto, es comprender que todo internet ha generado un gran espacio en el que estamos posicionados a partir de nuestros comentarios, palabras, acciones, relaciones.

En este nuevo espacio no existen en principio ni muros, ni calles. La imagen que muchos utilizan es la de una gran plaza. Pero, ¿qué pasaría si en la gran plaza estoy colocado detrás de un gigante enorme, que parece haber engordado tanto que ya no parece humano? ¿Qué me dejaría ver? ¡Aparecieron los muros en forma de personas, en forma de grupos cerrados sobre sí mismos!

El verdadero posicionamiento en red se hace a través de la relación. Siguiendo con la metáfora, cuanto más enlazado estás, más grande eres. Y esto para muchos significa estar bien posicionado. Es una posición relativa, pero es posición. Cambia por tanto en función de los vínculos, conexiones, referencias, y todo lo compartido. Una situación referencial, referida, dependiente al fin y al cabo. Y muy medible, dicho sea de paso, muy matematizada, monitorizada, controlada. Tanto que da la sensación de usar personas de una u otra manera.

Sigamos avanzando. Quien se posiciona bien tiene habitualmente un perfil muy definido y se dirige a un grupo bien identificado de personas que buscan a partir de sus intereses. Esto tiene un nombre incluso. Como todos estos nombres, en inglés. Me imagino el asunto del siguiente modo. El que está en el centro, el supuestamente bien posicionado según las reglas de la red, comparte algo. Es decir, se supone que da, que entrega. Y lo que produce, sin embargo, es lo contrario. Comienza a recibir: visitas, menciones, comentarios, mensajes, interacciones al fin y al cabo. El primero “regaló” aparentemente de forma indiscriminada, en general, pero luego todo se vuelve a su favor. ¿Qué es lo que le ha hecho posicionarse “bien”? Fácil: dando 1 recibe, por ejemplo, 50. Y esto provoca inmediatamente su “engorde” digital a cambio de que otros “mermen” digitalmente. Si existiera una forma de verlo prácticamente, nos quedaríamos alucinados. La relevancia engorda.

Todo esto está claro. Salir de aquí es difícil. Pero me pregunto si hubiera sido posible otro tipo de red, menos egoísta en este sentido. Una red, por ejemplo, en la que se premiara el número de referencias que una persona hace de otras, y eso incrementara realmente su valoración. Una red verdaderamente interactiva, en este sentido, y no paralizada por el cálculo de la relevancia, que a la fuerza siempre es asimétrico. Me pregunto qué hubiera ocurrido y cómo sería este mundillo si, en lugar de lo que tenemos, fuera premiada la capacidad de unos y otros para interactuar en igualdad, o se aplaudiera la diversidad en lugar de los grupos cerrados que crecen y crecen más. Sin duda alguna, todo sería diferente. Me pregunto, por último, si no sería mejor verdaderamente, si no hubiera sido de mayor provecho, si no estamos ante una nueva posibilidad torpedeada por el mal que tantas veces ha acechado la humanidad.

Me parece que para un “buen” posicionamiento tendríamos que afrontar estos retos de futuro:

  1. ¿Con quién estoy?
  2. ¿Qué me permite ver y qué me oculta?
  3. ¿Mantengo una actitud abierta o cada vez más cerrada?
  4. ¿Es posible usar a los demás en la red? ¿Tengo que decir algo al respecto?
  5. ¿Qué papel juega esta “posición en red” en mi posición global en el mundo?
  6. ¿De qué lado, por decirlo de algún modo, me sitúo? ¿Del lado de quién?
  7. ¿Soy capaz de comprender diferentes posturas, o se va oxidando digitalmente esta capacidad?
  8. ¿Qué limites no se pueden tolerar, qué líneas rojas marcaría para todos (especialmente para mí)?
  9. ¿En qué me ayuda a ver y comprender mejor el mundo y a los demás?
  10. ¿Puedo salir de “mi perfil” o ando “encadenado” a sus etiquetas?

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Usar el móvil en clase. ¡Por supuesto! ¡Y más!

El móvil (smartphone) es un instrumento que genera una nueva situación y plantea nuevos retos. Me niego a pensar que todo lo que ofrece son conflictos, por mucho que aparezcan una y otra vez en los medios tristes episodios. Es una oportunidad excelente para educar y una herramienta que se ha convertido en imprescindible y omnipresente, que podría haberse planteado como aliada en las aulas en lugar de enemiga proscrita. Pero no ha sido así, porque nuestra legislación (y educación) continúa anclada en un pasado cada vez más lejano.

Cuando leo titulares sobre la “prohibición del móvil”, lo que entiendo que se quiere frenar verdaderamente es su mal uso personal o social. A nadie se le ocurriría prohibir el balón de fútbol en los colegios, a pesar de que algunos alumnos jueguen donde no deben, o retirar ciertos libros que tienen enganchados a otros muchachos y a los que se dedican en los tiempos libres. “Prohibir” es lo contrario de educar. Para educar se requieren más normas y límites que prohibiciones. Y normas, a decir verdad, de las que ayudan a hacer las cosas mejor, es decir, necesitamos métodos, caminos con sus pautas y límites.

Soy partidario del buen uso del móvil en el aula. Por recursos, porque me obliga a pensar las cosas de otro modo, porque va siempre con los chavales, porque tengo que enseñarles a vivir en el siglo XXI y utilizar lo que esté a su disposición para seguir adelante… Y porque el móvil sólo es un paso, muy llamativo por estar en los inicios, de un imparable incremento de la tecnología en todos los ámbitos de la vida. Comprender esto debería ser suficiente para replantearse qué estamos haciendo.

Para quienes digan que el móvil vuelve cómodos a los alumnos, le diré que pensaron lo mismo con la llegada de la calculadora y quizá incluso con la popularización de la enciclopedia. Y no es así de ningún modo. Lo ilustraré con un ejemplo: ahora tengo acceso a miles de recetas de cocina, pero para aprender a cocinar necesito algo más que un vídeo bajado de internet. Integrar tecnología será aprender a utilizar estos recursos informativos para algo, resolviendo correctamente un problema. Pero esto solo vale para los que consideran tecnología como un repositorio casi infinito de información.

La cuestión es más profunda. Internet significa conexión; si quieres, hiperconexión. Todo estará conectado: personas, realidad, proyectos, contenidos, desarrollos, investigaciones… Ya lo están ahora y no dejará de crecer. Mi médico dice que aunque en España se recorte en investigación contra el cáncer, los avances seguirán llegando; el problema es que estaremos a la cola de los avances, pero nos beneficiaremos de ellos porque todo está conectado.

Es decir, que el futuro está en esta enorme capacidad de vivir conectado y crear proyectos comunes. Y aquí los smartphones de hoy tienen mucho que decir, aunque supongo que pronto veremos otras cosas muy diferentes. Educar para la vida requiere afrontar este reto y preparar a los chavales de hoy de cara a este futuro, para que sea verdaderamente constructivo, para que se muestren competentes. En este sentido, la competencia “aprender a aprender“, ser flexible y autoprogramable, es ya fundamental, esencial, indispensable.

Y otra cuestión, que puede resultar a muchos subrealista y que a mí me ronda últimamente mucho por la cabeza. Cuando en el futuro haya máquinas inteligentes -más que ahora y más democratizadas, por así decir- me encantaría que la inteligencia de mis alumnos diese para abarcar las máquinas y dominarlas, y no al revés. Nos harán falta muchas inteligencias, o una sola para gobernarlas a todas. Tendrán que convivir con “chismes” en todos sitios, y me gustaría que supiesen sobradamente de qué va todo esto y cómo servirse de ellas, y no que sean una prolongación de todos estos instrumentos. Algo que sólo se hará con educación. ¡Lo veremos!

De momento una legislación arcaica nos gobierna. Me parece triste, muy triste frenar el desarrollo de tantos jóvenes por las carencias de sus mayores.

PD. Que conste que no he dicho, en ningún momento del post, que el móvil tenga que estar siempre encendido en clase, ni que se pueda usar de cualquier modo, mucho menos mal o de forma hiriente y perversa. Estas cosas las doy por supuestas dentro de una recta racionalidad.

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Usar el móvil en clase. ¡Por supuesto! ¡Y más!

El móvil (smartphone) es un instrumento que genera una nueva situación y plantea nuevos retos. Me niego a pensar que todo lo que ofrece son conflictos, por mucho que aparezcan una y otra vez en los medios tristes episodios. Es una oportunidad excelente para educar y una herramienta que se ha convertido en imprescindible y omnipresente, que podría haberse planteado como aliada en las aulas en lugar de enemiga proscrita. Pero no ha sido así, porque nuestra legislación (y educación) continúa anclada en un pasado cada vez más lejano.

Cuando leo titulares sobre la “prohibición del móvil”, lo que entiendo que se quiere frenar verdaderamente es su mal uso personal o social. A nadie se le ocurriría prohibir el balón de fútbol en los colegios, a pesar de que algunos alumnos jueguen donde no deben, o retirar ciertos libros que tienen enganchados a otros muchachos y a los que se dedican en los tiempos libres. “Prohibir” es lo contrario de educar. Para educar se requieren más normas y límites que prohibiciones. Y normas, a decir verdad, de las que ayudan a hacer las cosas mejor, es decir, necesitamos métodos, caminos con sus pautas y límites.

Soy partidario del buen uso del móvil en el aula. Por recursos, porque me obliga a pensar las cosas de otro modo, porque va siempre con los chavales, porque tengo que enseñarles a vivir en el siglo XXI y utilizar lo que esté a su disposición para seguir adelante… Y porque el móvil sólo es un paso, muy llamativo por estar en los inicios, de un imparable incremento de la tecnología en todos los ámbitos de la vida. Comprender esto debería ser suficiente para replantearse qué estamos haciendo.

Para quienes digan que el móvil vuelve cómodos a los alumnos, le diré que pensaron lo mismo con la llegada de la calculadora y quizá incluso con la popularización de la enciclopedia. Y no es así de ningún modo. Lo ilustraré con un ejemplo: ahora tengo acceso a miles de recetas de cocina, pero para aprender a cocinar necesito algo más que un vídeo bajado de internet. Integrar tecnología será aprender a utilizar estos recursos informativos para algo, resolviendo correctamente un problema. Pero esto solo vale para los que consideran tecnología como un repositorio casi infinito de información.

La cuestión es más profunda. Internet significa conexión; si quieres, hiperconexión. Todo estará conectado: personas, realidad, proyectos, contenidos, desarrollos, investigaciones… Ya lo están ahora y no dejará de crecer. Mi médico dice que aunque en España se recorte en investigación contra el cáncer, los avances seguirán llegando; el problema es que estaremos a la cola de los avances, pero nos beneficiaremos de ellos porque todo está conectado.

Es decir, que el futuro está en esta enorme capacidad de vivir conectado y crear proyectos comunes. Y aquí los smartphones de hoy tienen mucho que decir, aunque supongo que pronto veremos otras cosas muy diferentes. Educar para la vida requiere afrontar este reto y preparar a los chavales de hoy de cara a este futuro, para que sea verdaderamente constructivo, para que se muestren competentes. En este sentido, la competencia “aprender a aprender“, ser flexible y autoprogramable, es ya fundamental, esencial, indispensable.

Y otra cuestión, que puede resultar a muchos subrealista y que a mí me ronda últimamente mucho por la cabeza. Cuando en el futuro haya máquinas inteligentes -más que ahora y más democratizadas, por así decir- me encantaría que la inteligencia de mis alumnos diese para abarcar las máquinas y dominarlas, y no al revés. Nos harán falta muchas inteligencias, o una sola para gobernarlas a todas. Tendrán que convivir con “chismes” en todos sitios, y me gustaría que supiesen sobradamente de qué va todo esto y cómo servirse de ellas, y no que sean una prolongación de todos estos instrumentos. Algo que sólo se hará con educación. ¡Lo veremos!

De momento una legislación arcaica nos gobierna. Me parece triste, muy triste frenar el desarrollo de tantos jóvenes por las carencias de sus mayores.

PD. Que conste que no he dicho, en ningún momento del post, que el móvil tenga que estar siempre encendido en clase, ni que se pueda usar de cualquier modo, mucho menos mal o de forma hiriente y perversa. Estas cosas las doy por supuestas dentro de una recta racionalidad.

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Usar el móvil en clase. ¡Por supuesto! ¡Y más!

El móvil (smartphone) es un instrumento que genera una nueva situación y plantea nuevos retos. Me niego a pensar que todo lo que ofrece son conflictos, por mucho que aparezcan una y otra vez en los medios tristes episodios. Es una oportunidad excelente para educar y una herramienta que se ha convertido en imprescindible y omnipresente, que podría haberse planteado como aliada en las aulas en lugar de enemiga proscrita. Pero no ha sido así, porque nuestra legislación (y educación) continúa anclada en un pasado cada vez más lejano.

Cuando leo titulares sobre la “prohibición del móvil”, lo que entiendo que se quiere frenar verdaderamente es su mal uso personal o social. A nadie se le ocurriría prohibir el balón de fútbol en los colegios, a pesar de que algunos alumnos jueguen donde no deben, o retirar ciertos libros que tienen enganchados a otros muchachos y a los que se dedican en los tiempos libres. “Prohibir” es lo contrario de educar. Para educar se requieren más normas y límites que prohibiciones. Y normas, a decir verdad, de las que ayudan a hacer las cosas mejor, es decir, necesitamos métodos, caminos con sus pautas y límites.

Soy partidario del buen uso del móvil en el aula. Por recursos, porque me obliga a pensar las cosas de otro modo, porque va siempre con los chavales, porque tengo que enseñarles a vivir en el siglo XXI y utilizar lo que esté a su disposición para seguir adelante… Y porque el móvil sólo es un paso, muy llamativo por estar en los inicios, de un imparable incremento de la tecnología en todos los ámbitos de la vida. Comprender esto debería ser suficiente para replantearse qué estamos haciendo.

Para quienes digan que el móvil vuelve cómodos a los alumnos, le diré que pensaron lo mismo con la llegada de la calculadora y quizá incluso con la popularización de la enciclopedia. Y no es así de ningún modo. Lo ilustraré con un ejemplo: ahora tengo acceso a miles de recetas de cocina, pero para aprender a cocinar necesito algo más que un vídeo bajado de internet. Integrar tecnología será aprender a utilizar estos recursos informativos para algo, resolviendo correctamente un problema. Pero esto solo vale para los que consideran tecnología como un repositorio casi infinito de información.

La cuestión es más profunda. Internet significa conexión; si quieres, hiperconexión. Todo estará conectado: personas, realidad, proyectos, contenidos, desarrollos, investigaciones… Ya lo están ahora y no dejará de crecer. Mi médico dice que aunque en España se recorte en investigación contra el cáncer, los avances seguirán llegando; el problema es que estaremos a la cola de los avances, pero nos beneficiaremos de ellos porque todo está conectado.

Es decir, que el futuro está en esta enorme capacidad de vivir conectado y crear proyectos comunes. Y aquí los smartphones de hoy tienen mucho que decir, aunque supongo que pronto veremos otras cosas muy diferentes. Educar para la vida requiere afrontar este reto y preparar a los chavales de hoy de cara a este futuro, para que sea verdaderamente constructivo, para que se muestren competentes. En este sentido, la competencia “aprender a aprender“, ser flexible y autoprogramable, es ya fundamental, esencial, indispensable.

Y otra cuestión, que puede resultar a muchos subrealista y que a mí me ronda últimamente mucho por la cabeza. Cuando en el futuro haya máquinas inteligentes -más que ahora y más democratizadas, por así decir- me encantaría que la inteligencia de mis alumnos diese para abarcar las máquinas y dominarlas, y no al revés. Nos harán falta muchas inteligencias, o una sola para gobernarlas a todas. Tendrán que convivir con “chismes” en todos sitios, y me gustaría que supiesen sobradamente de qué va todo esto y cómo servirse de ellas, y no que sean una prolongación de todos estos instrumentos. Algo que sólo se hará con educación. ¡Lo veremos!

De momento una legislación arcaica nos gobierna. Me parece triste, muy triste frenar el desarrollo de tantos jóvenes por las carencias de sus mayores.

PD. Que conste que no he dicho, en ningún momento del post, que el móvil tenga que estar siempre encendido en clase, ni que se pueda usar de cualquier modo, mucho menos mal o de forma hiriente y perversa. Estas cosas las doy por supuestas dentro de una recta racionalidad.

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A los jóvenes les gusta Instagram

Aunque las estadísticas no siempre son fiables y fluctúan mucho, es suficiente preguntarles en qué redes están y cuáles utilizan con más frecuencia. Entonces constatamos que Instagram triunfa entre los más jóvenes.

Para aquellos que no conozcan mucho del tema, Instagram es una red social que nació directamente como una aplicación exclusiva para iPhone (móvil por tanto), que luego se extendió a Android dada su popularidad, en la que se comparten fotos (y vídeos). Sus filtros para imágenes, que en principio fue lo que más atractivo causó, y que otros copiaron, ha dejado de ser su principal potencia; actualmente es la cantidad de miembros que se está presente de forma continua.

Cada uno tiene su propio perfil y se va asociando con otras personas dentro de la red al modo de  Twitter, con seguidores y seguidos. A su vez, la interacción se limita a “dar corazoncitos” (similar a “me gusta” de Facebook o “favorito” de Twitter) y poder comentar la imagen. No existe propiamente el “RT” de Twitter, pues para poder hacer esto hacen falta otras aplicaciones. De igual manera da la opción de enviar imágenes en “privado” o personales, a las que (en principio) sólo tienen acceso las personas a las que se da acceso. La única política de privacidad que existe limita las propias imágenes al grupo de perfiles que permitimos que nos vean o, en su defecto, a toda la red (siendo incluso visibles fuera de Instagram y sin permisos especiales).

Además de ver las propias fotos y vídeos, y las de aquellas personas a las que seguimos, cobra fuerza la idea de rastrear otros perfiles de diversas maneras. Instragram ofrece un mosaico de imágenes afines a los propios gustos y a la localización en la que estamos, sirviéndose de nuestra actividad y de la de nuestros contactos. Algo común, como se puede comprobar, en otras redes sociales. Lo cual demuestra, una vez más, el grado de “control” y de “seguimiento” que se hace desde las mismas. No es que seamos observados, es que hemos permitido que nos sigan.

Algunas reflexiones sobre los jóvenes e Instagram

  1. Triunfan las imágenes, mucho más que las  palabras, las reflexiones... Triunfa lo estético, por tanto, frente a lo narrativo, lo reflexivo, lo argumentativo. El interés aquí versa en torno a lo que somos capaces de decir sobre el mundo, nosotros mismos, nuestras relaciones dejándose mirar a través de una cámara. No se cuentan las cosas, se sugieren (más o menos explícitamente) a través de las instantáneas.
  2. Se han hecho hueco en una red en la que son actualmente mayoritarios, y de algún modo aislados. Han formado sus propios grupos, sus redes son muy potentes entre ellos. La mayor parte tiene los perfiles abiertos, que son por defecto lo que la red propone, aunque comienzan a poner sus “candaditos” y regular aquellos que tienen acceso a su álbum de fotos, a su book, a esa biografía que va siendo contada.
  3. Crean su propia imagen. Una dinámica propia de la adolescencia, en la que está implícita su búsqueda de identidad, de seguridad, de vinculación con grupos, de aceptación. Detrás, por así decir, está la necesidad de valoración, quizá expresada de forma desmedida. Quieren y reclaman por este medio su propio mundo interior, proyectado de forma deseable. ¿De dónde viene el refuerzo -y los problemas-? Del grupo de similares.
  4. El propio mundo, del que resulta muy difícil salir. Es una red social con muy poca apertura a lo diferente. Mucho más cerrada y limitada a lo propio, a lo cercano, a la intimidad. Una privacidad compartida, que hay que valorar, pero que al mismo tiempo se presenta como ventana global en la que se ven  muy pocas cosas diferentes y muy pocas realidades sociales. Conjugar estos aspectos resulta verdaderamente problemático en esta red.
  5. Espontaneidad, libertad, intimidad. Es el tridente que dirige su popularidad entre los más jóvenes, que sin cortapisas, censuras u otras opiniones, están alegremente campando a sus anchas por la red. Algo que sin duda alguna nos tiene que hacer reflexionar. Sin embargo, junto a esta triple actitud, cada vez cobra más fuerza el “postureo”, la “imagen prediseñada”, la “fotografía preparada”; si no se sale bien, si no cumple sus sueños y objetivos, se desecha. Es la propia imagen la que sigue en juego, y esto no es cualquier cosa.
  6. Los jóvenes, como community manager. Nadie les ha enseñado, nadie les ha preparado específicamente para ello, y sin embargo son unos cracks en sus resultados directos. Como comentaba en otro post, es llamativo constatar con qué facilidad acumulan “corazones” en esta red y en pocos minutos ganan cientos de interacciones, impactos y referencias a sus imágenes. Ellos cuentan que su secreto, que otros han tenido que estudiar, viene dado por la propia experiencia: la hora es crucial, los amigos hacen de difusores, todos están pendientes, no ponen muchas imágenes un día y se van reservando las mejores para los momentos principales, comparten espacios y son “atractivos” con los que identificarse unos con otros, viven pendientes del móvil, quieren ser los primeros y significarse de este modo, muestran tendencias y “romper” de algún modo con lo que todos hacen, pero al mismo tiempo se valen de los que sacan mejores resultados, intentan ser personales en sus imágenes y no dar coba a otras cosas, no se meten con nadie sólo muestran lo suyo, y usan los hashtag para ampliar su alcance. Es un mundo ¿gobernado? por jóvenes en los que aprenden mucho de cómo funcionará el día de mañana la sociedad dirigida a través de la información y las redes sociales.

Tres preguntas, al hilo de esta simbiosis

  1. Si los jóvenes están allí, ¿dónde nos situamos nosotros? Es cierto que otras generaciones ha creado lazos difíciles de romper en otras redes, y que ampliar la actividad a otra red social más es para muchos algo complicado.
  2. ¿Por qué está ganando tanta fuerza la imagen, por qué el cansancio que suscitan determinadas reflexiones, por qué ese cierto desinterés respecto de lo que otros pueden (y tienen la obligación) de decirles?
  3. ¿Qué reclaman, cómo se está respondiendo a su petición (velada) de valoración y de protección? ¿Hay que tener en cuenta algo más, diferencial de esta generación respecto a las anteriores, en relación a la aceptación de sí mismos, a la comprensión y aceptación por parte del mundo, a la construcción de un  mundo diferente?

Detrás de este artículo está, evidentemente, subrayar la importancia de esta red social, por su relevancia y por el impacto real -muy real- que tiene entre los jóvenes.