Como la Vida misma

Es un chico joven, brillante, sereno y feliz. Un chico cualquiera de su edad. Va “caminando por la vida, consecuente con la conciencia y siendo libre”, y hoy compartía por Facebook que ya es un flamante bachiller en humanidades.

Ramón es un regalo de lo Alto traído por este lado del mundo que es internet. Mirarle a los ojos es descubrir la ilusión y la fe, y una inteligencia fuera de lo común. Vida en camino. Dar el paso a los encuentros presenciales es llegar al punto óptimo de las relaciones surgidas de una forma sana en la pantalla de un ordenador. El abrazo es muchas veces insustituible; aquí o más allá. Le conocimos toda la familia en su casa, y ver cómo mis hijas se abrían con rapidez da señal del corazón que encierra; ver cómo mi mujer y él se relacionaban como si se conocieran de toda la vida fue como abrir entre todos las puertas de la Familia. Su casa es hoy un seminario menor y su vocación sigue la llamada de los elegidos.

¿Por qué cuento esto? Porque es la expresión patente de que las redes tejen redes reales; porque aquello de dominar el mundo se extiende a las tecnologías; porque el Señor, que tan a menudo se hace presente en tantos, lo hace también por éste medio. Como la Vida misma. Es la vida misma, en gerundio.

Seguro que hay más de un santo tuiteando o con un perfil en Facebook. Seguro que sí. A veces imagino a San Alfonso tuiteando frases a María o colgando homilías en Facebook, como hoy hace Víctor Chacón CSsR, uno de sus hijos, o escuchando una de sus composiciones musicales por la televisión, como otro de sus hijos ha concursado recientemente en La voz, Damián Mª Montes CSsR. Él, como tantos otros. ¿Os imagináis a San Agustín tuitendo a diario Confesiones…? Pues yo sí.

Santos en la red; igual que hay trols. La vida misma. Seguid a aquellos con quien crecer. Seguid a aquellos a quienes acompañar. Evangelizad también las redes aquellos que las habitéis. Generad comunión. Y veréis que es bueno.

La santidad es cosa de TODOS

El pasado día doce de marzo se cumplieron 393 años de la canonización de cuatro españoles por parte del Papa Gregorio XV ¡cuatro a la vez! No está nada mal. Lo que me hizo pensar fue quiénes eran esos cuatro santos: un analfabeto madrileño, una “niña bien” de Ávila, un militar de Azpeitia y un aristócrata navarro.

Es algo que ya sabemos todos y que no viene mal recordar de vez en cuando: TODOS estamos llamados a la Santidad. Sean cuales sean nuestros orígenes, paso y circunstancias, todos. Aquellos cuatro individuos, Isidro de Merlo Quintana, Teresa de Cepeda y Ahumada, Íñigo López de Loyola y Francisco de Jasso y Azpilicueta, fueron llamados y siguieron a su Señor. Abrieron camino, construyeron, generaron Vida. San Isidro Labrador, Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier.

Esta mañana, al rezar Laudes, lo he vuelto a recordar con el himno a Dios, realizador de maravillas, porque me he dado cuenta de que todos ellos fueron plenamente conscientes –y coherentes con ello- de pertenecer a “…un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y entrar en su luz admirable”.

Tenemos ejemplos de lo más variopinto, de todos los colores, continentes, tendencias. En el mundo serían gente con diferentes personalidades, algunos tremendamente humildes, otros más irascibles; los habrá habido simpáticos o más distantes, guapos o feos, altos o bajos; fríos o cercanos… Pero todos dóciles a la voz de su Señor. Todos abriendo camino, construyendo, generando Vida.

Unos fueron y otros son. ¿Los vemos? ¿Los reconocemos?

A los de hoy que caminan por la calle, a nuestro lado ¿los vemos?

A aquellos asesinados por ser cristianos, o muertos por el hambre, el frío o la guerra; a los ahogados o fallecidos en cualquier frontera ¿los reconocemos? ¿seguro?

A los inocentes matados en cualquier útero ¿los defendemos? ¿de verdad?

Hay tantas maneras de llegar a Dios como seres humanos, recordó en alguna ocasión  Benedicto XVI a un periodista. Tantas maneras de ser santo como seres humanos, con tantos matices como los que cada persona tenga. Pero solamente se consigue con la propia vida y tras las huellas de Cristo. Poniendo los dones para abrir camino, construir, generar Vida. Unos más silencioso, otros más mediáticos. Unos desde el discreto y callado devenir cotidiano, otros más ruidosos. Con la vida de cada uno, haciendo de la Vida un arte para los demás. Unos escriben, otros pintan, o componen o cantan. O nada de lo anterior. Todos hacen de su vida un arte de entrega y felicidad para los demás. ¿Los vemos…? ¿Los reconocemos…?

No sé si lo hacemos, si en ocasiones quienes nos escandalizan son precisamente santos en camino, en gerundio, y el escándalo verdadero es sentirnos movidos y, sin embargo, auto generar rechazo a aquello que nos mueve. Estoy convencido de que muchas veces es exactamente tal cual; rígidos miembros de cómodos sanedrines. Como diría uno de los santos Redentoristas, San Clemente Mª Hofbauer, el Evangelio debe ser predicado siempre de manera nueva. Y no debemos tener miedo a las nuevas maneras cuando éstas lo que anuncian de nuevo es el Evangelio.

Pero ¿y cada uno de nosotros? No “ellos”, no “él”; tú y yo. Así, crudamente, en primera persona. ¿Nos ven? ¿Nos reconocen? ¿Te ven? ¿Me reconocen? ¿Qué ven en nosotros? ¿Qué ven en mi? ¿Mostramos el rostro de Cristo? ¿Llevamos Esperanza? ¿Inspiramos Paz? ¿Reflejamos la luz de la misericordia, de la Redención? Si no es así, quizás deberíamos plantearnos si vivimos o no el Evangelio o si habremos de vivirlo de una forma nueva. Porque a la santidad estamos llamados todos.

330

  1. No es una simple cifra.

330 seres humanos muertos en el mediterráneo. ¿En qué mundo vivimos? ¿Qué mundo alimentamos? ¿Qué mundo colaboramos a mantener?

Es algo inaceptable. Que las infrahumanas condiciones de vida generen flujos migratorios a la desesperada es algo que clama la conciencia de la humanidad. O debería. Que existan personas que decidan jugarse la vida por un futuro, no ya por uno mejor, simplemente por un futuro para ellos o sus familias es una realidad indigna de los hijos de Dios. E hijos de Dios lo somos todos.

Aquí no cuentan ni colores, ni credos. Sangra el cielo la sangre de esos muertos. No son extraños. No son personajes de novela. Esos muertos son nuestros. Hambre, sed, guerras, opresión, enfermedad… ¿Qué haría yo en su situación en un entorno sin salida? ¿Qué haría yo por mis hijas si fuera ellos? Lo mismo, exactamente lo mismo: embarcarme, saltar vallas, dejarme la vida en busca de futuro.

Ven la esperanza en el norte no sé muy bien si con conciencia de que exista o, simplemente, porque en sus puntos geográficos de origen no la encuentran. Esperanza que tenga nombre de pan, de cobijo, de paz, de seguridad. ¿Somos su Esperanza y se la negamos?

330 seres humanos, hermanos, han visto diluida su esperanza en las aguas del mediterráneo.

¿Cuáles son los intereses? ¿Quién mueve los hilos? ¿Por qué?

Del diccionario de la RAE: “estructura”

(Del lat. structūra).

  1. f. Distribución y orden de las partes importantes de un edificio.
  2. f. Distribución de las partes del cuerpo o de otra cosa.
  3. f. Distribución y orden con que está compuesta una obra de ingenio, como un poema, una historia, etc.

¿Cómo no se quiebran las partes de ese edificio insostenible de injusticia, de esas estructuras concatenadas? Que el maligno es el generador del ingenio de esa historia está claro. O tinieblas o Luz.

Me duele. Desde mi cómoda vida occidental. Las necesidades de los abandonados en los países desarrollados son lamentables pero ¡cuán dolorosas son las de aquellos abandonados en el más pobre de los lugares!

Señor ¿qué puede uno hacer? ¿qué puedo hacer? Verme sin respuesta es descorazonador. No callar. Rezar. Sabe a poco.

Huir por propia voluntad de la oscuridad por un poco de luz. 330. Ahogados, ateridos, abandonados por todos. Quizás cuando esto se publique la cifra haya aumentado.

Y no ha sido por voluntad propia. Los supervivientes cuentan cómo fueron obligados: “los traficantes de seres humanos nos obligaron a subir a las lanchas bajo la amenaza de las armas…”. 460 personas embarcadas. Traficantes de seres humanos.

¡Traficantes de seres humanos! Que nunca deje de escandalizarnos, Señor. Estamos tan acostumbrados a escuchar como mantras tantas barbaridades de todo tipo que, inconscientemente, las hacemos propias y naturales. Que nunca deje de escandalizarnos o estaremos perdidos.

Nos manifestamos contra el aborto, rechazamos la eutanasia, nos creemos abanderados de la Vida. Está muy bien; eso es justo y necesario. Pero si gritamos por la Vida no podemos callar ante esto. Que no se nos agoten las palabras, que no se nos ahogue la voz, que no se nos nuble la conciencia.

Anteayer, el 10 de febrero, una hermana Oblata del Santísimo Redentor compartía en Twitter una imagen de la Tierra desde el espacio con la siguiente leyenda: “Yo no veo ninguna frontera ¿y tú?”

…/…

Cada gota de sangre derramada por Cristo fue también por ellos; por cada uno de ellos resucitó. El agua de su costado abierto se hizo ayer mar.

Si no tenemos fuerza, si carecemos de poder, si nuestra opinión no vale para nada y nuestro voto se ignora, al menos, sigamos rezando. ¿Rezáis conmigo?

Si puedes, imprime este post

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No, no me he equivocado de indicación. Al contrario que en el mensaje automático que muchos adjuntan a su email en el que se piden que no se imprima el mismo si no es absolutamente necesario; yo te lo digo al revés: ¡Imprímelo por favor! Es absolutamente necesario.

Y no es que me haya dado un arrebato de destrucción de los bosques, sino que el destinatario de este artículo no eres tú, que lo lees a raíz de una invitación que has recibido en alguna red social; ni siquiera tú, que has llegado por casualidad hasta él navegando por internet, sino aquellos que, precisamente, no pertenecen a ninguna red social.

Seguro que tienes a alguien cerca que piensa así. En ese caso te ruego que pulses ctrl+P y que se lo entregues de mi parte.

Hasta aquí mi post dedicado a ti, querido lector digital. Tras la línea comienza mi artículo para el verdadero destinatario del mismo. Si quieres, puedes incluso recortarlo por ahí para que esta introducción quede entre tú y yo…


Excusas superadas para decir no a las redes sociales

1. Eso es que ya no es para mí. La edad es una de las primeras excusas para decir no a las redes sociales. Se considera “cosa de jóvenes” y ciertamente son ellos quienes más se mueven en este nuevo ambiente, porque han nacido en él. Entiendo que la edad sea un inconveniente a la hora de partir a misiones donde se requiera un esfuerzo físico; pero misionar en la red es, precisamente, el destino ideal de un evangelizador cuya salud o fuerzas estén resentidas. No cerrar la puerta a las redes sociales es abrirse a las sorpresas de Dios, tener el oído abierto a la llamada.

2. Yo es que no me entero. La tecnología supone una barrera para muchos y ciertamente uno puede llegar a sentirse muy inútil cuando ve a un niño de seis años manejar con soltura una tablet. Pero no hay nada imposible y es muchas veces la pereza o la falta de humildad y paciencia la que nos lleva a desistir. Es más fácil tirar la toalla. Si Stephen Hawking, en lugar de aprender a manejar un complicado ordenador para poder comunicarse, hubiera desistido diciendo que eso es cosa de jóvenes, la física habría perdido a una de sus grandes figuras. El esfuerzo es sobrehumano, los movimientos de su mejilla le permiten dictar un máximo de 10 palabras por minuto, pero nadie lo para, porque lo que tiene que decir es importante. Esas 10 palabras por minuto son oro para la ciencia. ¿Tan difícil es que tú aprendas a manejar una pantalla táctil para anunciar el Evangelio?

3. Mi vida es mía y no tengo por qué compartirla. Eso es una mentira. Tu vida no es tuya desde el momento en que sales a la calle aunque sólo sea a tirar la basura. Donde hay un cristiano hay una luz que brilla y los demás están esperando un testimonio en cada gesto, en tu actitud ante la vida, en una palabra tuya… Hay muchas formas de estar en la red sin ser exhibicionista, no te preocupes.

4. Me da miedo. Se oyen tantas cosas malas… Los miedos iniciales son normales ante el desconocimiento. Con la ayuda de un buen compañero de viaje, un amigo que te inicie en estas lides, no habrá problema. Créeme. Cuenta con iMision.

5. El contacto personal es lo que cuenta. Por supuesto que sí. Lo virtual no quita lo físico. Pero las fronteras entre ambos son cada vez más difusas. Pronto, no podrás entrar en una conversación con la gente de tu parroquia si no te has enterado, como el resto, por Facebook, de que Ángeles está embarazada, de que el niño de Gloria ha salido ya del hospital o de que Manuel ha encontrado por fin trabajo.

6. Cualquier tiempo pasado fue mejor. Seguramente añoras los años en los que la vida era de otra manera, más sencilla, más estable, más lenta… Puedes mirar la transformación social como un espectador, al margen de todo; o darte cuenta de que Dios cuenta contigo en esta nueva realidad que tú no puedes controlar. Como ha señalado el papa, «Nuestro Dios es un Dios que siempre hace las cosas nuevas y pide de nosotros docilidad a la novedad. Vino nuevo en odres nuevos. Cuando quiero tomar la electricidad de la fuente eléctrica, si el aparato que tengo no es adecuado, busco un adaptador. Debemos buscar siempre adaptarnos, adecuarnos a esta novedad de la Palabra de Dios. Estar abiertos a la novedad».

Con esta media docena de excusas desmontadas, espero que tu actitud haya cambiado algo, aunque por lo general no te rindes a la primera y tendrás muchas más. No obstante, la libertad, es el mejor regalo que nos ha dado Dios. Así que, ¡Disfruta de ella!