¿Hacemos brexit en lo digital?

La encrucijada del Brexit, al margen del resultado final, destapa una realidad constatable: todos defienden su postura bajo el argumento del máximo beneficio común, y en esta lucha por ver cuál de los dos lados es más británico, la sociedad levanta brechas difíciles de salvar, muros que costará echar abajo, porque son invisibles pero duros como la piedra.

Al hilo de la agenda informativa, no dejo de preguntarme qué podemos aprender de todo esto. La tentación de aislarnos para proteger nuestros intereses frente al otro, de preferir correr en solitario, está ahí para cualquiera, también para los católicos y también en las redes sociales.

Lo digital no es un instrumento de evangelización sino una cultura, un ambiente que configura la sociedad actual. Así lo define el Magisterio de la Iglesia desde hace décadas. Éste es un espacio habitado, poblado de hombres y mujeres con diferentes formas de entender el mundo, y las relaciones establecidas en este continente no son virtuales ni pueden ser vividas en profundidad si no es desde la mano tendida y el oído atento. Nuestro trato con personas en las redes sociales son tan reales como las que mantenemos en el mundo físico. Sin embargo, en muchas ocasiones, vivimos nuestra vida “digital” en una isla, carente de autenticidad; nos protegemos y cerramos la ventana ante la más leve brisa que traiga olor a diferente. No dejamos que nos toque lo ajeno, nos alejamos del corazón de las personas para salvar nuestra posición. ¿Es eso vivir en la Red? ¿O para vivir en ella hay que acabar “enredado” como en este ejemplo de una simple manera de responder con respeto a quien piensa diferente?

El Papa no se cansa de invitarnos a dejar nuestras comodidades y hacer casa “en las fronteras”; a accidentarnos antes que anquilosarnos; a resfriarnos por abrir las ventanas antes que morir asfixiados en nuestro conformismo. Supongo que pone el dedo en la llaga, y por eso, y no sólo por su cercanía, el Papa gusta mucho a la gente “de fuera”, pero puede que a los de “dentro” nos dé más que un dolor de estómago. ¿Ha venido Francisco, como su homónimo de Asís, a reconstruir la Iglesia? ¿Necesitamos convertirnos, replantearnos no sólo qué hacemos en Internet sino, cuál es nuestro mensaje, en qué tono lo hacemos llegar y a quién lo dirigimos?

De nosotros depende traducir el deseo del Papa de fomentar  esa cultura del encuentro, que requiere “que estemos dispuestos no sólo a dar, sino también a recibir de los otros”. Porque los seguidores de Jesús no podemos guardarnos para nosotros el resultado de nuestra pesca milagrosa, sino que estamos llamados a dar un testimonio abierto de la felicidad que hay en el hecho de sabernos hijos de Dios.

Adictos a la sonrisa

Sonríen en el autobús, en el metro, mientras esperan en el mercado y sentados en una terraza cualquiera. Sin motivo aparente, sin compañía visible. Sonríen. Parecen felices, gozando del simple hecho de vivir.

Hace mucho que los observo… son hombres y mujeres de todas las edades, incluso niños. En sus ojos brilla la luz de la ilusión, del primer enamoramiento, de la sinceridad y la confianza. Parecen estar en una de esas conversaciones profundas que nos calan, sin embargo, no están con nadie, se sumergen en el continente digital, en oleadas de whastapps, mensajes o “Me gusta”. Cuando los veo, pienso en qué nos da la tecnología que no encontramos en las personas a nuestro lado. La respuesta la tiene el doctor José Rosado, experto acreditado en adicciones. Él afirma que los móviles crean una realidad bioquímica muy similar a cualquier dependencia. “Conseguir el placer y evitar el displacer es el instinto primario y visceral de toda persona, pero también marca una grabación neuronal que con su estructura bioquímica consolida una memoria emocional que tiende permanentemente a expresarse en la conducta. La sensación de experiencia gratificante (que experimentamos en nuestra interacción con el mundo digital) justifica el deseo de su uso, y cuando se da satisfacción a un deseo (refuerzo positivo), se refuerza un hábito  que se consolida por la repetición del acto (coger el móvil) y que va condicionando una cierta urgencia compulsiva, especialmente si ese acto le puede aliviar o retrasar una situación de intranquilidad, soledad o simple aburrimiento, y que conforma el refuerzo negativo que ayuda a enraizarlo”.

Sonreímos a las pantallas porque nos gratifican sin pedirnos nada a cambio. Es un gozo fácil, que no compromete, y que engancha peligrosamente dañando nuestras capacidades para disfrutar de la vida presencial. ¿Sabías que un 77% de las personas con Smartphone padece “nomofobia”, es decir, temor y ansiedad ante el hecho de no poder consultarlo cuando lo desee? Lo cuentan Marc Masip y Nacho Giner, responsables de «FaceUp», una aplicación para desengancharse de internet.

Es posible usar las redes sociales de modo que sus posibilidades no ahoguen hábitos tan necesarios como la reflexión, el silencio, la lectura pausada o un “hola, ¿qué tal?” cara a cara. Pero exige atención e intención permanente. El ejemplo de quienes lo han intentado puede ayudarnos. ¿Te animas?

Iglesia que se renueva en la red

Aprendemos, mucho más lentamente de lo esperado, que nuestro momento en la historia no es toda la historia. Y que, aunque lo vivamos auténticamente y con entusiasmo, es obligado mirar atrás, agradecer y heredar, corregir y continuar. Un proyecto con dos patas del que no se puede quebrar. Dicho de otro modo, ni prescindir de la necesaria actualización, ni pretender empezar de nuevo.

El mundo digital ha ayudado a muchos a buscar una mayor renovación. Al menos en cuanto a lenguajes, a apertura, a proximidad. Quiero pensar que, a diferencia de otras instituciones o grupos, no es mero maquillaje y apariencia. Me consta que ha supuesto reflexión en muchos casos y, al hilo de la misma, nuevos planteamientos. Escribir en abierto, dar la cara, difundir encuentros, mostrar la vida de la Iglesia, entrar en diálogo fructífero, hacer esfuerzos de acercamiento, superar prejuicios, derribar muros, mirar mejor el mundo, valorar más a toda persona. Y se ha hecho en muchos casos bien por no dejar de sentirse parte de una historia y un proyecto vivido con amplitud y en comunión. La red, que tiene mucho de evangélico, prima la relación y el contacto, o el contacto que deriva en relación.

Si pienso en claves importantes para la evangelización digital, diría lo siguiente:

  1. La estrechez de Twitter supone la oportunidad de pensar lo que queremos decir, en lugar de hablar por hablar. Y esto es muy importante, porque exige un cierto silencio.
  2. Poder interactuar, generar conversación sobre lo que acontece en nuestras sociedades implica estar atento y mirar. Una mirada que se ha hecho curiosamente local y global al mismo tiempo, que crece en ambas direcciones. Internet ha girado hacia uno de los núcleos más humanos, como plegándose a la huella de su creador: la relación.
  3. Cualquier red social sirve para darse a conocer, tanto como buscar conocer a otros y saber qué sienten, qué les preocupa, qué hay en su corazón. Y bendecir.
  4. La capacidad de asociación y pertenencia ha sido aprovechada por muchos como luz para poner en común, compartir y encontrarse siendo “parte de”. De algún modo ha ayudado a encontrar un lugar, no solitario, desde el que estar.
  5. El mundo digital ha obligado a “tragar” con la perspectiva del otro, que no pocas veces es a un tiempo su mirada legítima y la reducción del mundo hecha desde su mirada legítima. Y ahí, en ese momento, hay que aprender nuevamente a acoger, porque nos damos cuenta de que quizá nuestra mirada no sea la única mirada.
  6. Salir al encuentro, que también es posible, frente a planteamientos que reclaman apertura pero para que vengan aquí. Es decir, implicarse y comprometerse en las bondades de las personas, que no son ni pueden ser ajenas a la iglesia.
  7. En la cultura digital, quiero pensar, va ganando puntos la vida compartida frente al mero postureo existencialista. Los selfies, en los que aprendo a leer cómo están las personas y qué quieren decir, están cargados de la necesaria autenticidad sin la que todo se convierte en vacuo y superfluo. También, en este sentido, la red ha servido para mostrar una iglesia con rostro más humano.
  8. De igual modo, hemos ganado como cristianos en formación. No sólo en acceso a información, porque siempre hemos tenido a mano más de lo que podíamos abarcar, sino de formación. Inquietudes que nacen en no pocas ocasiones al hilo de acontecimientos que nos preocupan y que están ahí. Y que han ayudado a reordenar y reorientar ideas y prejuicios, que también se tienen.
  9. Dar la cara, porque en la red todo tiene nombre y foto (por no decir “rostro”). Ser entonces “yo” el que diga, el que exprese, el que muestre, el que hable, el que dé mi opinión, el que valore, el que aporte, el que tienda puentes. O lo contrario. Y ahí se ve una iglesia situada de otro modo.
  10. Muchas más cosas, sin duda alguna, pero termino con la necesidad de avanzar y dar nuevos pasos. La iglesia en misión, de la que habla Francisco, también se encuentra en la red para comunicar buenas noticias y la Buena Noticia.

Ojalá sea un ámbito que vivido con libertad y con espíritu de comunión, sirva al conjunto de la iglesia y de la sociedad.

Consumo “digital” responsable

Tarde o temprano terminamos haciéndonos grandes preguntas relacionadas con nuestro consumo digital. ¿Qué impacto tiene en nuestra vida y en el mundo? ¿A dónde nos está llevando y dónde puede desembocar todo esto? ¿Qué favorecemos con lo que tenemos entre manos? ¿Es posible un mundo mejor con el empuje de lo digital? ¿Qué recursos estamos invirtiendo en todo esto, de dónde surgen, quién los produce, quién los explota, quién se beneficia? ¿Estamos metidos en una espiral de más y más cantidad de cosas, con poco margen de reducción, reutilización, reciclaje? ¿Todo esto es tan inevitable como parece?

Os invito a responder, a comentar alguna de las preguntas para crear diálogo y debate. Muchas veces tenemos la sensación de que “llegamos tarde”, pero todo esto está comenzando.

Me quedo en lo primero. Somos “consumidores digitales”, con poco de creadores y mucho de receptores. Y este ritmo es frenéticamente imparable, a no ser que hagamos algo. Mis alumnos más pequeños, de unos 15 años, ya han tenido en sus manos varios móviles de diferente generación, conocieron la cámara de fotos digital, seguramente tienen una tablet como mínimo, y han contado con más de dos ordenadores a su disposición. Su conexión a internet ha ganado mucho en velocidad y capacidad, hasta el punto de que no recuerdan lo anterior y se enfadan cuando va lento. La tecnología será para ellos como una prenda de vestir para mis padres.

Como consumidores, gracias a la reflexión que se ha hecho desde sectores muy sensibilizados con el medio ambiente, ocupamos un puesto en la sociedad que no nos exime de responsabilidad, sino más bien todo lo contrario. Vuelvo con esto a las preguntas del inicio. El consumidor hoy es alguien que, si se da cuenta, tiene también poder cuando actúa con criterio y conciencia, sin conformismos.

Quizá sirva para empezar la reflexión, una pregunta clásica: ¿Qué es lo que realmente necesitamos, y qué necesidades nos creamos? Y una más, también clásica: ¿Nos informamos de algo más que el precio y la capacidad cuando compramos?

Sé que hay muchas iniciativas que cuidan el planeta. Ojalá seamos sensibles con lo que tenemos.

  1. Aprovechar la vida útiles de las herramientas tecnológicas.
  2. Hay lugares donde dejar los móviles que “no valen”. Reciclar sigue siendo fundamental.
  3. Luchar por baterías limpias de “coltan de sangre”.
  4. Reducir el consumo energético con menos luz en la pantalla, apagando la WiFi, o apagando directamente el móvil cuando no se use.
  5. Apoyar campañas en la red para recaudar beneficios.
  6. Servirse de apps solidarias.

¿Hacemos una lista entre todos? ¡Comparte! ¡Pensemos juntos!

Seguimos en diálogo, @josefer_juan

¡Hijo! – digo ¡Celia! – ¡Deja ya el Candy Crush!

¿Se puede jugar al Candy Crush mientras estás ejerciendo de Presidenta del Congreso y moderando el Debate sobre el Estado de la Nación? ¿Qué hacemos con Celia Villalobos? ¿Qué le decimos? ¿Y a los compañeros que la han justificado? Leí una justificación que bien se merece un post: “La gente puede hacer lo que quiera mientras esté escuchando“. Esta perla la soltó la diputada del PP, Dolors Montserrat.

candy¿Qué opináis? Porque no me diréis que esto no está a la orden del día… Es más, curiosamente, cuando hablamos de estas situaciones y de la absorción que las redes sociales, smartphones, etc. ejercen sobre las personas, siempre lo hacemos refiriéndonos a los jóvenes y a cómo debemos de “domarlos” para que vuelvan a ser tan educados como sus mayores. Pero ¿quién educará a nuestros jóvenes si nosotros estamos tan despistados?

Lo primero que hay que decir, que creo que es básico, es que no se puede jugar al Candy Crush mientras alguien habla por RESPETO. Como yo suelo decirles a mis hijos: normalmente, al que habla le gusta saberse escuchado. No es cuestión de si puedes hacer dos o más cosas a la vez… Ese no es el tema, que luego veremos. Lo primero es ponerte en la piel del orador, del que tienes delante, del que te está hablando, contando cosas. Respetar y acoger sus palabras también con tu cuerpo y con tu espíritu: hacerle saber que le estás escuchando.

Lo segundo de lo que podemos hablar es de la ATENCIÓN. Desde siempre se nos ha dicho que quién no presta atención a lo que está haciendo, sencillamente, lo hará de manera deficiente. Y ser mediocre es algo que hay que enseñar a evitar. Cualquier persona debe aspirar a la excelencia, a hacer lo que le toca en cada momento de la mejor manera posible. Claro que podemos hacer dos cosas a la vez, y tres y cuatro, pero la cuestión es si somos capaces de hacer todas ellas bien. Yo creo que no.

Y por último, quiero apelar a la LIBERTAD. Yo quiero ser libre y aspiro a que quienes me rodean lo sean también. Tu voluntad no puede estar dirigida por la tecnología ni por su seductor encanto. Claro que hay que usarla, claro que hay que estar, claro que es buena… Pero lo que no es, es mi dueña. Es una cuestión de construcción personal, de autocontrol, de fortalecimiento de la voluntad propia. No me puedo dejar en manos de lo divertido, lo entretenido, los apetecible, lo sugerente.

Lo de la señora Villalobos está fuera de lugar y debería pedir disculpas. Pero no tanto porque, como ciudadano, le pago para otra cosa sino porque yo no quiero una Presidenta del Congreso que no respeta al compañero que habla, que no presta atención en sus funciones y que me demuestra que su voluntad está dominada por una maquinita. Usemos su error para educar mejor.

Un abrazo fraterno

@scasanovam

A los jóvenes les gusta Instagram

Aunque las estadísticas no siempre son fiables y fluctúan mucho, es suficiente preguntarles en qué redes están y cuáles utilizan con más frecuencia. Entonces constatamos que Instagram triunfa entre los más jóvenes.

Para aquellos que no conozcan mucho del tema, Instagram es una red social que nació directamente como una aplicación exclusiva para iPhone (móvil por tanto), que luego se extendió a Android dada su popularidad, en la que se comparten fotos (y vídeos). Sus filtros para imágenes, que en principio fue lo que más atractivo causó, y que otros copiaron, ha dejado de ser su principal potencia; actualmente es la cantidad de miembros que se está presente de forma continua.

Cada uno tiene su propio perfil y se va asociando con otras personas dentro de la red al modo de  Twitter, con seguidores y seguidos. A su vez, la interacción se limita a “dar corazoncitos” (similar a “me gusta” de Facebook o “favorito” de Twitter) y poder comentar la imagen. No existe propiamente el “RT” de Twitter, pues para poder hacer esto hacen falta otras aplicaciones. De igual manera da la opción de enviar imágenes en “privado” o personales, a las que (en principio) sólo tienen acceso las personas a las que se da acceso. La única política de privacidad que existe limita las propias imágenes al grupo de perfiles que permitimos que nos vean o, en su defecto, a toda la red (siendo incluso visibles fuera de Instagram y sin permisos especiales).

Además de ver las propias fotos y vídeos, y las de aquellas personas a las que seguimos, cobra fuerza la idea de rastrear otros perfiles de diversas maneras. Instragram ofrece un mosaico de imágenes afines a los propios gustos y a la localización en la que estamos, sirviéndose de nuestra actividad y de la de nuestros contactos. Algo común, como se puede comprobar, en otras redes sociales. Lo cual demuestra, una vez más, el grado de “control” y de “seguimiento” que se hace desde las mismas. No es que seamos observados, es que hemos permitido que nos sigan.

Algunas reflexiones sobre los jóvenes e Instagram

  1. Triunfan las imágenes, mucho más que las  palabras, las reflexiones... Triunfa lo estético, por tanto, frente a lo narrativo, lo reflexivo, lo argumentativo. El interés aquí versa en torno a lo que somos capaces de decir sobre el mundo, nosotros mismos, nuestras relaciones dejándose mirar a través de una cámara. No se cuentan las cosas, se sugieren (más o menos explícitamente) a través de las instantáneas.
  2. Se han hecho hueco en una red en la que son actualmente mayoritarios, y de algún modo aislados. Han formado sus propios grupos, sus redes son muy potentes entre ellos. La mayor parte tiene los perfiles abiertos, que son por defecto lo que la red propone, aunque comienzan a poner sus “candaditos” y regular aquellos que tienen acceso a su álbum de fotos, a su book, a esa biografía que va siendo contada.
  3. Crean su propia imagen. Una dinámica propia de la adolescencia, en la que está implícita su búsqueda de identidad, de seguridad, de vinculación con grupos, de aceptación. Detrás, por así decir, está la necesidad de valoración, quizá expresada de forma desmedida. Quieren y reclaman por este medio su propio mundo interior, proyectado de forma deseable. ¿De dónde viene el refuerzo -y los problemas-? Del grupo de similares.
  4. El propio mundo, del que resulta muy difícil salir. Es una red social con muy poca apertura a lo diferente. Mucho más cerrada y limitada a lo propio, a lo cercano, a la intimidad. Una privacidad compartida, que hay que valorar, pero que al mismo tiempo se presenta como ventana global en la que se ven  muy pocas cosas diferentes y muy pocas realidades sociales. Conjugar estos aspectos resulta verdaderamente problemático en esta red.
  5. Espontaneidad, libertad, intimidad. Es el tridente que dirige su popularidad entre los más jóvenes, que sin cortapisas, censuras u otras opiniones, están alegremente campando a sus anchas por la red. Algo que sin duda alguna nos tiene que hacer reflexionar. Sin embargo, junto a esta triple actitud, cada vez cobra más fuerza el “postureo”, la “imagen prediseñada”, la “fotografía preparada”; si no se sale bien, si no cumple sus sueños y objetivos, se desecha. Es la propia imagen la que sigue en juego, y esto no es cualquier cosa.
  6. Los jóvenes, como community manager. Nadie les ha enseñado, nadie les ha preparado específicamente para ello, y sin embargo son unos cracks en sus resultados directos. Como comentaba en otro post, es llamativo constatar con qué facilidad acumulan “corazones” en esta red y en pocos minutos ganan cientos de interacciones, impactos y referencias a sus imágenes. Ellos cuentan que su secreto, que otros han tenido que estudiar, viene dado por la propia experiencia: la hora es crucial, los amigos hacen de difusores, todos están pendientes, no ponen muchas imágenes un día y se van reservando las mejores para los momentos principales, comparten espacios y son “atractivos” con los que identificarse unos con otros, viven pendientes del móvil, quieren ser los primeros y significarse de este modo, muestran tendencias y “romper” de algún modo con lo que todos hacen, pero al mismo tiempo se valen de los que sacan mejores resultados, intentan ser personales en sus imágenes y no dar coba a otras cosas, no se meten con nadie sólo muestran lo suyo, y usan los hashtag para ampliar su alcance. Es un mundo ¿gobernado? por jóvenes en los que aprenden mucho de cómo funcionará el día de mañana la sociedad dirigida a través de la información y las redes sociales.

Tres preguntas, al hilo de esta simbiosis

  1. Si los jóvenes están allí, ¿dónde nos situamos nosotros? Es cierto que otras generaciones ha creado lazos difíciles de romper en otras redes, y que ampliar la actividad a otra red social más es para muchos algo complicado.
  2. ¿Por qué está ganando tanta fuerza la imagen, por qué el cansancio que suscitan determinadas reflexiones, por qué ese cierto desinterés respecto de lo que otros pueden (y tienen la obligación) de decirles?
  3. ¿Qué reclaman, cómo se está respondiendo a su petición (velada) de valoración y de protección? ¿Hay que tener en cuenta algo más, diferencial de esta generación respecto a las anteriores, en relación a la aceptación de sí mismos, a la comprensión y aceptación por parte del mundo, a la construcción de un  mundo diferente?

Detrás de este artículo está, evidentemente, subrayar la importancia de esta red social, por su relevancia y por el impacto real -muy real- que tiene entre los jóvenes.

Si puedes, imprime este post

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No, no me he equivocado de indicación. Al contrario que en el mensaje automático que muchos adjuntan a su email en el que se piden que no se imprima el mismo si no es absolutamente necesario; yo te lo digo al revés: ¡Imprímelo por favor! Es absolutamente necesario.

Y no es que me haya dado un arrebato de destrucción de los bosques, sino que el destinatario de este artículo no eres tú, que lo lees a raíz de una invitación que has recibido en alguna red social; ni siquiera tú, que has llegado por casualidad hasta él navegando por internet, sino aquellos que, precisamente, no pertenecen a ninguna red social.

Seguro que tienes a alguien cerca que piensa así. En ese caso te ruego que pulses ctrl+P y que se lo entregues de mi parte.

Hasta aquí mi post dedicado a ti, querido lector digital. Tras la línea comienza mi artículo para el verdadero destinatario del mismo. Si quieres, puedes incluso recortarlo por ahí para que esta introducción quede entre tú y yo…


Excusas superadas para decir no a las redes sociales

1. Eso es que ya no es para mí. La edad es una de las primeras excusas para decir no a las redes sociales. Se considera “cosa de jóvenes” y ciertamente son ellos quienes más se mueven en este nuevo ambiente, porque han nacido en él. Entiendo que la edad sea un inconveniente a la hora de partir a misiones donde se requiera un esfuerzo físico; pero misionar en la red es, precisamente, el destino ideal de un evangelizador cuya salud o fuerzas estén resentidas. No cerrar la puerta a las redes sociales es abrirse a las sorpresas de Dios, tener el oído abierto a la llamada.

2. Yo es que no me entero. La tecnología supone una barrera para muchos y ciertamente uno puede llegar a sentirse muy inútil cuando ve a un niño de seis años manejar con soltura una tablet. Pero no hay nada imposible y es muchas veces la pereza o la falta de humildad y paciencia la que nos lleva a desistir. Es más fácil tirar la toalla. Si Stephen Hawking, en lugar de aprender a manejar un complicado ordenador para poder comunicarse, hubiera desistido diciendo que eso es cosa de jóvenes, la física habría perdido a una de sus grandes figuras. El esfuerzo es sobrehumano, los movimientos de su mejilla le permiten dictar un máximo de 10 palabras por minuto, pero nadie lo para, porque lo que tiene que decir es importante. Esas 10 palabras por minuto son oro para la ciencia. ¿Tan difícil es que tú aprendas a manejar una pantalla táctil para anunciar el Evangelio?

3. Mi vida es mía y no tengo por qué compartirla. Eso es una mentira. Tu vida no es tuya desde el momento en que sales a la calle aunque sólo sea a tirar la basura. Donde hay un cristiano hay una luz que brilla y los demás están esperando un testimonio en cada gesto, en tu actitud ante la vida, en una palabra tuya… Hay muchas formas de estar en la red sin ser exhibicionista, no te preocupes.

4. Me da miedo. Se oyen tantas cosas malas… Los miedos iniciales son normales ante el desconocimiento. Con la ayuda de un buen compañero de viaje, un amigo que te inicie en estas lides, no habrá problema. Créeme. Cuenta con iMision.

5. El contacto personal es lo que cuenta. Por supuesto que sí. Lo virtual no quita lo físico. Pero las fronteras entre ambos son cada vez más difusas. Pronto, no podrás entrar en una conversación con la gente de tu parroquia si no te has enterado, como el resto, por Facebook, de que Ángeles está embarazada, de que el niño de Gloria ha salido ya del hospital o de que Manuel ha encontrado por fin trabajo.

6. Cualquier tiempo pasado fue mejor. Seguramente añoras los años en los que la vida era de otra manera, más sencilla, más estable, más lenta… Puedes mirar la transformación social como un espectador, al margen de todo; o darte cuenta de que Dios cuenta contigo en esta nueva realidad que tú no puedes controlar. Como ha señalado el papa, «Nuestro Dios es un Dios que siempre hace las cosas nuevas y pide de nosotros docilidad a la novedad. Vino nuevo en odres nuevos. Cuando quiero tomar la electricidad de la fuente eléctrica, si el aparato que tengo no es adecuado, busco un adaptador. Debemos buscar siempre adaptarnos, adecuarnos a esta novedad de la Palabra de Dios. Estar abiertos a la novedad».

Con esta media docena de excusas desmontadas, espero que tu actitud haya cambiado algo, aunque por lo general no te rindes a la primera y tendrás muchas más. No obstante, la libertad, es el mejor regalo que nos ha dado Dios. Así que, ¡Disfruta de ella!