No lo sé, Señor

Hacinados en una barcaza, manejados por mafias, huyendo de su propia realidad empujados por la miseria, el hambre, la guerra, buscando un futuro mejor o, simplemente, un futuro… y son asesinados, lanzados al mar por sus propios compañeros de embarcación por ser cristianos. Cristianos ajusticiados, a diario; cristianos perseguidos, obligados a abandonar sus casas, sus países, sus raíces. Cristianos tiñendo con su sangre de rojo las aguas del Mediterráneo.

Son nadie porque no dirigen semanarios occidentales, polémicos o no; son nadie porque carecen de fuerza; son nadie porque carecen de todo; son nadie porque su única posesión es la esperanza (o la fuerza de la desesperación) y su fe en Cristo; son nadie porque son cristianos; son nadie porque ni su vida ni su muerte mueven cifras en la economía mundial. Lo correcto sería decir que no son nadie. Prefiero decir que son nadie; porque son. Son cristianos, mis hermanos. Hermanos de todo aquel que se autodenomine con un mínimo de sinceridad como tal, cristiano. Su muerte duele. Duele la impotencia. Duelen las causas. Duele la indiferencia. Duele la impasibilidad. Duelen las palabras huecas. Duelen las cumbres convocadas para acallar voces o conciencias y que solamente llevan a un lugar seguro: la nada.

¿Qué le pasa al mundo? ¿Quién mueve los hilos? ¿Quién maneja los intereses ocultos? ¿Quién se ocupa en perpetuar las injusticias? ¿Quién se regocija en secreto con el aparente triunfo del mal?

Mientras unos repudian sus tradicionales valores cristianos, Cameron felicita la pascua y Manuel Valls manifiesta públicamente que atacar a una iglesia es atacar a un símbolo de Francia. Mientras unos tratan de discernir su voto conjugando la doctrina social de la Iglesia y la defensa integral de la Vida otros ponen su conciencia en manos de cifras y porcentajes. ¿Qué es lo que pasa? ¿Qué lleva a aparcar la voz de la conciencia? ¿Qué lleva a claudicar, a mirar hacia otro lado? ¿Qué lleva a perpetuar la injusticia? ¿Qué lleva a ponerse en manos del mal? ¿Qué lleva a dejarse llevar? ¿Qué lleva a la indiferencia, el inmovilismo y la inactividad? ¿Qué lleva al silencio?

¿Qué se puede hacer desde la nada de un simple individuo aislado? Quizás salir de la nada y despertar a la Creación. Quizás orar y al hacerlo salir del aislamiento. Quizás no callar. Quizás llorar. Quizás educar a mis hijas en el verdadero valor del ser Cristiano. Quizás eliminar las barreras cotidianas, derrumbar los muros inmediatos y romper los minúsculos eslabones próximos que engarzan cadenas inmensas. Empezar por uno mismo, por el matrimonio, el hogar, el trabajo, el día a día. Derrumbar máscaras y quitar etiquetas. Orar, no dejar nunca de orar.

No sé, Señor. De verdad que no lo sé. Pero sí sé que dejarse llevar por la sensación de impotencia es dejarse llevar, es permitir que el mal continúe marcando las cartas de la baraja. No sé, Señor, no lo sé. Pero sí sé que tú no nos abandonas ni rompes la alianza con tu pueblo.

También sé que la sangre de los mártires nunca ha sido derramada en balde. Ni para ellos que ganaron derramándola la corona de la Gloria ni para el común de los mortales que ve en ella la de Cristo en la Cruz. ¿Nos vamos a dejar seducir, nos vamos a dejar convertir por la sangre diaria, por el horror diario de tanto hermano anónimo? ¿Estamos dispuestos a ver en su muerte la de Cristo en la Cruz y en ella la sobreabundante Redención?

No lo sé, Señor. Pero aquí tienes mi pobre oración. Y mi vida.