¡Empieza el curso!

 

pizarra

Comienza septiembre y, con él, nuevo curso. Mochilas preparadas, babis impolutos, estuches en regla. Nervios, dudas, reencuentros, ilusión, futuro. Eso es precisamente lo que nos jugamos: el futuro. Bien lo sabemos los padres que procuramos, con nuestros errores, dar a nuestros hijos una educación sólida, unas bases consistentes con las que puedan ir armando su estructura mental, competencias, valores, aptitudes y actitudes. Las suyas, aquellas que les ayuden a desenvolverse en su mundo, a ir transformando y consolidando su mundo, el mundo.

Desde la propia familia y en la escuela. La escuela, el colegio, no es un lugar al que los padres mandamos a nuestros hijos para delegar nuestras funciones en los profesores. Los niños han de salir educados de casa, aunque el centro escolar sea apoyo y “co-laborador”. En los centros escolares aprenden. Aprenden a desenvolverse, a socializar, a ser ellos mismos y mostrarse como realmente son, fuera del nido. Aprenden conocimientos y desarrollan habilidades.

En un mundo en constante y vertiginoso cambio los métodos no pueden ser como “toda la vida”. En una sociedad global y tan diferente a la de mi generación los sistemas deben ser por fuerza otros. En esto, el “toda la vida” es en sí mismo un error, porque hoy en día la vida es otra y es la suya.

Quiero hacer hoy un pequeño homenaje a tantos maestros, tantos profesores que con una vocación REAL se esfuerzan cada día dando lo mejor de sí mismos y de la mejor manera a nuestros hijos. Personas entregadas, imaginativas y tan poco valoradas. Esos profesores que se meten en el bolsillo a sus alumnos, que son capaces de atraer su atención y despertarles el ansia por el conocimiento y el aprendizaje. Alejados de una cátedra altiva, alejados de aquellos tediosos discursos en los que la autoridad dictaba y el niño escuchaba porque sí. Aplaudo y homenajeo a quienes contra viento y marea, a pesar de las leyes de educación, han sabido y saben sacar lo mejor de cada niño y hacerlo de la mejor manera. Que cuenten con el apoyo y aplauso de cada padre.

De entre ellos, homenaje especial para los profesores de religión en entornos hostiles. Y son muchos. Homenaje y oración por todos aquellos profesores de religión que no simplemente enseñan contenidos, si no que, muy posiblemente, sean la única imagen cercana que muchos alumnos conservarán de Cristo y su Evangelio. Aplauso fervoroso, ánimo y agradecimiento.

Por los niños una oración para que se adapten rápido a la entrada del curso, para que lo aprovechen con ilusión y ganas. Oración redoblada por los más rezagados, por los que tienen más dificultades y por quienes tienen unas capacidades especiales que tantas veces les hacen ser incomprendidos. Por tantos talentos ocultos, por descubrir. Es tarea de todos ayudar a que afloren, se desarrollen y sepan darlos al bien común. Que, inmersos en la realidad de su tiempo y la suya propia, no sean contaminados por adoctrinamientos ideológicos.

Y llegarán los deberes. Esperemos que sean menos, u otros o, al menos, con sentido. Llegarán los deberes que, en demasiadas, ocasiones serán compartidos por toooooda la familia. No alarguemos la jornada de nuestros pequeños más tiempo aún que la nuestra; no les carguemos de más obligaciones que las propias de su edad. No les privemos de juegos y tiempo libre. Son niños.

Yo, hoy, soy un niño. Y con esa ilusión que les deseo a ellos comienzo el curso en el iBlog. Por nosotros, los iBlogueros, os pido también una oración.

 

Usar el móvil en clase. ¡Por supuesto! ¡Y más!

El móvil (smartphone) es un instrumento que genera una nueva situación y plantea nuevos retos. Me niego a pensar que todo lo que ofrece son conflictos, por mucho que aparezcan una y otra vez en los medios tristes episodios. Es una oportunidad excelente para educar y una herramienta que se ha convertido en imprescindible y omnipresente, que podría haberse planteado como aliada en las aulas en lugar de enemiga proscrita. Pero no ha sido así, porque nuestra legislación (y educación) continúa anclada en un pasado cada vez más lejano.

Cuando leo titulares sobre la “prohibición del móvil”, lo que entiendo que se quiere frenar verdaderamente es su mal uso personal o social. A nadie se le ocurriría prohibir el balón de fútbol en los colegios, a pesar de que algunos alumnos jueguen donde no deben, o retirar ciertos libros que tienen enganchados a otros muchachos y a los que se dedican en los tiempos libres. “Prohibir” es lo contrario de educar. Para educar se requieren más normas y límites que prohibiciones. Y normas, a decir verdad, de las que ayudan a hacer las cosas mejor, es decir, necesitamos métodos, caminos con sus pautas y límites.

Soy partidario del buen uso del móvil en el aula. Por recursos, porque me obliga a pensar las cosas de otro modo, porque va siempre con los chavales, porque tengo que enseñarles a vivir en el siglo XXI y utilizar lo que esté a su disposición para seguir adelante… Y porque el móvil sólo es un paso, muy llamativo por estar en los inicios, de un imparable incremento de la tecnología en todos los ámbitos de la vida. Comprender esto debería ser suficiente para replantearse qué estamos haciendo.

Para quienes digan que el móvil vuelve cómodos a los alumnos, le diré que pensaron lo mismo con la llegada de la calculadora y quizá incluso con la popularización de la enciclopedia. Y no es así de ningún modo. Lo ilustraré con un ejemplo: ahora tengo acceso a miles de recetas de cocina, pero para aprender a cocinar necesito algo más que un vídeo bajado de internet. Integrar tecnología será aprender a utilizar estos recursos informativos para algo, resolviendo correctamente un problema. Pero esto solo vale para los que consideran tecnología como un repositorio casi infinito de información.

La cuestión es más profunda. Internet significa conexión; si quieres, hiperconexión. Todo estará conectado: personas, realidad, proyectos, contenidos, desarrollos, investigaciones… Ya lo están ahora y no dejará de crecer. Mi médico dice que aunque en España se recorte en investigación contra el cáncer, los avances seguirán llegando; el problema es que estaremos a la cola de los avances, pero nos beneficiaremos de ellos porque todo está conectado.

Es decir, que el futuro está en esta enorme capacidad de vivir conectado y crear proyectos comunes. Y aquí los smartphones de hoy tienen mucho que decir, aunque supongo que pronto veremos otras cosas muy diferentes. Educar para la vida requiere afrontar este reto y preparar a los chavales de hoy de cara a este futuro, para que sea verdaderamente constructivo, para que se muestren competentes. En este sentido, la competencia “aprender a aprender“, ser flexible y autoprogramable, es ya fundamental, esencial, indispensable.

Y otra cuestión, que puede resultar a muchos subrealista y que a mí me ronda últimamente mucho por la cabeza. Cuando en el futuro haya máquinas inteligentes -más que ahora y más democratizadas, por así decir- me encantaría que la inteligencia de mis alumnos diese para abarcar las máquinas y dominarlas, y no al revés. Nos harán falta muchas inteligencias, o una sola para gobernarlas a todas. Tendrán que convivir con “chismes” en todos sitios, y me gustaría que supiesen sobradamente de qué va todo esto y cómo servirse de ellas, y no que sean una prolongación de todos estos instrumentos. Algo que sólo se hará con educación. ¡Lo veremos!

De momento una legislación arcaica nos gobierna. Me parece triste, muy triste frenar el desarrollo de tantos jóvenes por las carencias de sus mayores.

PD. Que conste que no he dicho, en ningún momento del post, que el móvil tenga que estar siempre encendido en clase, ni que se pueda usar de cualquier modo, mucho menos mal o de forma hiriente y perversa. Estas cosas las doy por supuestas dentro de una recta racionalidad.

Archivado en: cultura digital, educación, imision

Usar el móvil en clase. ¡Por supuesto! ¡Y más!

El móvil (smartphone) es un instrumento que genera una nueva situación y plantea nuevos retos. Me niego a pensar que todo lo que ofrece son conflictos, por mucho que aparezcan una y otra vez en los medios tristes episodios. Es una oportunidad excelente para educar y una herramienta que se ha convertido en imprescindible y omnipresente, que podría haberse planteado como aliada en las aulas en lugar de enemiga proscrita. Pero no ha sido así, porque nuestra legislación (y educación) continúa anclada en un pasado cada vez más lejano.

Cuando leo titulares sobre la “prohibición del móvil”, lo que entiendo que se quiere frenar verdaderamente es su mal uso personal o social. A nadie se le ocurriría prohibir el balón de fútbol en los colegios, a pesar de que algunos alumnos jueguen donde no deben, o retirar ciertos libros que tienen enganchados a otros muchachos y a los que se dedican en los tiempos libres. “Prohibir” es lo contrario de educar. Para educar se requieren más normas y límites que prohibiciones. Y normas, a decir verdad, de las que ayudan a hacer las cosas mejor, es decir, necesitamos métodos, caminos con sus pautas y límites.

Soy partidario del buen uso del móvil en el aula. Por recursos, porque me obliga a pensar las cosas de otro modo, porque va siempre con los chavales, porque tengo que enseñarles a vivir en el siglo XXI y utilizar lo que esté a su disposición para seguir adelante… Y porque el móvil sólo es un paso, muy llamativo por estar en los inicios, de un imparable incremento de la tecnología en todos los ámbitos de la vida. Comprender esto debería ser suficiente para replantearse qué estamos haciendo.

Para quienes digan que el móvil vuelve cómodos a los alumnos, le diré que pensaron lo mismo con la llegada de la calculadora y quizá incluso con la popularización de la enciclopedia. Y no es así de ningún modo. Lo ilustraré con un ejemplo: ahora tengo acceso a miles de recetas de cocina, pero para aprender a cocinar necesito algo más que un vídeo bajado de internet. Integrar tecnología será aprender a utilizar estos recursos informativos para algo, resolviendo correctamente un problema. Pero esto solo vale para los que consideran tecnología como un repositorio casi infinito de información.

La cuestión es más profunda. Internet significa conexión; si quieres, hiperconexión. Todo estará conectado: personas, realidad, proyectos, contenidos, desarrollos, investigaciones… Ya lo están ahora y no dejará de crecer. Mi médico dice que aunque en España se recorte en investigación contra el cáncer, los avances seguirán llegando; el problema es que estaremos a la cola de los avances, pero nos beneficiaremos de ellos porque todo está conectado.

Es decir, que el futuro está en esta enorme capacidad de vivir conectado y crear proyectos comunes. Y aquí los smartphones de hoy tienen mucho que decir, aunque supongo que pronto veremos otras cosas muy diferentes. Educar para la vida requiere afrontar este reto y preparar a los chavales de hoy de cara a este futuro, para que sea verdaderamente constructivo, para que se muestren competentes. En este sentido, la competencia “aprender a aprender“, ser flexible y autoprogramable, es ya fundamental, esencial, indispensable.

Y otra cuestión, que puede resultar a muchos subrealista y que a mí me ronda últimamente mucho por la cabeza. Cuando en el futuro haya máquinas inteligentes -más que ahora y más democratizadas, por así decir- me encantaría que la inteligencia de mis alumnos diese para abarcar las máquinas y dominarlas, y no al revés. Nos harán falta muchas inteligencias, o una sola para gobernarlas a todas. Tendrán que convivir con “chismes” en todos sitios, y me gustaría que supiesen sobradamente de qué va todo esto y cómo servirse de ellas, y no que sean una prolongación de todos estos instrumentos. Algo que sólo se hará con educación. ¡Lo veremos!

De momento una legislación arcaica nos gobierna. Me parece triste, muy triste frenar el desarrollo de tantos jóvenes por las carencias de sus mayores.

PD. Que conste que no he dicho, en ningún momento del post, que el móvil tenga que estar siempre encendido en clase, ni que se pueda usar de cualquier modo, mucho menos mal o de forma hiriente y perversa. Estas cosas las doy por supuestas dentro de una recta racionalidad.

Archivado en: cultura digital, educación, imision

Usar el móvil en clase. ¡Por supuesto! ¡Y más!

El móvil (smartphone) es un instrumento que genera una nueva situación y plantea nuevos retos. Me niego a pensar que todo lo que ofrece son conflictos, por mucho que aparezcan una y otra vez en los medios tristes episodios. Es una oportunidad excelente para educar y una herramienta que se ha convertido en imprescindible y omnipresente, que podría haberse planteado como aliada en las aulas en lugar de enemiga proscrita. Pero no ha sido así, porque nuestra legislación (y educación) continúa anclada en un pasado cada vez más lejano.

Cuando leo titulares sobre la “prohibición del móvil”, lo que entiendo que se quiere frenar verdaderamente es su mal uso personal o social. A nadie se le ocurriría prohibir el balón de fútbol en los colegios, a pesar de que algunos alumnos jueguen donde no deben, o retirar ciertos libros que tienen enganchados a otros muchachos y a los que se dedican en los tiempos libres. “Prohibir” es lo contrario de educar. Para educar se requieren más normas y límites que prohibiciones. Y normas, a decir verdad, de las que ayudan a hacer las cosas mejor, es decir, necesitamos métodos, caminos con sus pautas y límites.

Soy partidario del buen uso del móvil en el aula. Por recursos, porque me obliga a pensar las cosas de otro modo, porque va siempre con los chavales, porque tengo que enseñarles a vivir en el siglo XXI y utilizar lo que esté a su disposición para seguir adelante… Y porque el móvil sólo es un paso, muy llamativo por estar en los inicios, de un imparable incremento de la tecnología en todos los ámbitos de la vida. Comprender esto debería ser suficiente para replantearse qué estamos haciendo.

Para quienes digan que el móvil vuelve cómodos a los alumnos, le diré que pensaron lo mismo con la llegada de la calculadora y quizá incluso con la popularización de la enciclopedia. Y no es así de ningún modo. Lo ilustraré con un ejemplo: ahora tengo acceso a miles de recetas de cocina, pero para aprender a cocinar necesito algo más que un vídeo bajado de internet. Integrar tecnología será aprender a utilizar estos recursos informativos para algo, resolviendo correctamente un problema. Pero esto solo vale para los que consideran tecnología como un repositorio casi infinito de información.

La cuestión es más profunda. Internet significa conexión; si quieres, hiperconexión. Todo estará conectado: personas, realidad, proyectos, contenidos, desarrollos, investigaciones… Ya lo están ahora y no dejará de crecer. Mi médico dice que aunque en España se recorte en investigación contra el cáncer, los avances seguirán llegando; el problema es que estaremos a la cola de los avances, pero nos beneficiaremos de ellos porque todo está conectado.

Es decir, que el futuro está en esta enorme capacidad de vivir conectado y crear proyectos comunes. Y aquí los smartphones de hoy tienen mucho que decir, aunque supongo que pronto veremos otras cosas muy diferentes. Educar para la vida requiere afrontar este reto y preparar a los chavales de hoy de cara a este futuro, para que sea verdaderamente constructivo, para que se muestren competentes. En este sentido, la competencia “aprender a aprender“, ser flexible y autoprogramable, es ya fundamental, esencial, indispensable.

Y otra cuestión, que puede resultar a muchos subrealista y que a mí me ronda últimamente mucho por la cabeza. Cuando en el futuro haya máquinas inteligentes -más que ahora y más democratizadas, por así decir- me encantaría que la inteligencia de mis alumnos diese para abarcar las máquinas y dominarlas, y no al revés. Nos harán falta muchas inteligencias, o una sola para gobernarlas a todas. Tendrán que convivir con “chismes” en todos sitios, y me gustaría que supiesen sobradamente de qué va todo esto y cómo servirse de ellas, y no que sean una prolongación de todos estos instrumentos. Algo que sólo se hará con educación. ¡Lo veremos!

De momento una legislación arcaica nos gobierna. Me parece triste, muy triste frenar el desarrollo de tantos jóvenes por las carencias de sus mayores.

PD. Que conste que no he dicho, en ningún momento del post, que el móvil tenga que estar siempre encendido en clase, ni que se pueda usar de cualquier modo, mucho menos mal o de forma hiriente y perversa. Estas cosas las doy por supuestas dentro de una recta racionalidad.

Archivado en: cultura digital, educación, imision