Comunicar es hacerse entender

Los que somos profesores, como muchos otros comunicadores, sabemos bien lo que significa el título. Uno puede saber mucho sobre un tema, en el supuesto de que sepa mucho, y no ser capaz de comunicar nada, o casi nada, o hasta dar a entender algo muy diferente de lo que se quiere comunicar. De ahí que sepamos que hay dos objetivos esenciales en el buen comunicador: saber lo que quiere decir y saber cómo tiene que decirlo para hacerse entender.

La buena comunicación no es, por tanto, aquella que transmite mucho, constantemente y está una y otra vez dando la “matraca” y machacando en la misma dirección. La buena comunicación es aquella que es eficaz, directa y clara, cuyo mensaje llega a quien quiere y es comprensible por quien tiene que recibirlo. En este sentido, un buen mensaje es mejor que quinientos malos mensajes.

Entonces la gran pregunta es qué significa hacerse entender.

  1. Ser escuchado. En el lenguaje de las redes significa estar en el lugar (red) adecuado en el momento adecuado. Alguien escuchado es alguien con referencias, que se ha situado como referente. Creo que gran parte de este “prestigio” se gana en las redes a través de la escucha y la conversación con otras personas, de estar disponible, de saber acoger personas como son más que por lo que son.     
  2. Captar la atención. Un buen mensaje no es aquel por el que simplemente se pasa la vista, sino aquel que tiene algo que hace detenerse en él. Aporta novedad, es atractivo sin ser estridente, tiene algo que se piensa que es para mí. Diríamos que hay mensajes con personalidad, que se hacen escuchar, frente a otros que son algo más entre muchos otros. La clave aquí es la visibilidad, que sabemos que va de la mano de una buena imagen o de un vídeo apasionado.
  3. Conectar con la vida y los intereses. Frente a la superficialidad reinante, de la que muchos creen que la red es su difusor más grande, lo que constatamos es que existe la posibilidad de conectar (establecer relación) con la pasión de la gente por la vida. Cuando no por sus intereses. Porque la gente busca en internet cosas que tienen que ver con lo que viven. Desde los aspectos más prácticos (cómo poner una bombilla) a lo más complejo (cómo ser feliz, quién es Dios, cuál es mi vocación).
  4. Concisión, claridad. Lo efímero y las limitaciones de la red impulsan un excelente camino hacia lo esencial. Siempre ha sido así, pero además ahora existen límites claros y lenguajes muy concretos que hay que aprender a usar. Las primeras palabras de un tweet, los colores de la foto de Instagram… y cada vez más los vídeos que se repiten y se comparten incesantemente. Pero, en relación con todo esto, diría que lo conciso y esencial hoy es lo que sugiere más de lo que da, lo que señala en una dirección más que aquel mensaje que quiere decirlo todo. El que da libertad a quien lo recibe poniéndolo en camino, el que contagia más emociones que aquel que pretende trasvasar ideas. Tres consejos: orden en el mensaje, limpieza en las palabras, potencia del contenido.
  5. Genera conversación. Lo propio de la red, lo más propio de todo el internet que hoy conocemos. Hasta los bots de Facebook están interesados en dialogar y aprender. ¡Cuánto más una persona! Si hay miles de hombres, mujeres, jóvenes y mayores deseando hablar, ¡cómo no aprovechar la ocasión! La gran diferencia, perdón por la comparación, entre muchas personas y los bots que se van a lanzar al mercado es la capacidad de estos últimos para atender con todo lo que son a la persona a la que “escuchan”, y desde ahí seguir “hablando”. Permitidme como mínimo las comillas. La gran necesidad de lo humano será, seguirá siendo, ponerse de acuerdo y tender puentes reales entre personas. ¡Qué gran tarea para un buen mensaje, para el mensaje esencial!

Y mucho practicar. Atender bien a lo que provoca en general y especialmente a qué personas les llega, interactúan y hacen de tu mensaje ese puente que luego permite seguir hablando. Ésta es la clave definitiva: seguir aprendiendo.

Iglesia que se renueva en la red

Aprendemos, mucho más lentamente de lo esperado, que nuestro momento en la historia no es toda la historia. Y que, aunque lo vivamos auténticamente y con entusiasmo, es obligado mirar atrás, agradecer y heredar, corregir y continuar. Un proyecto con dos patas del que no se puede quebrar. Dicho de otro modo, ni prescindir de la necesaria actualización, ni pretender empezar de nuevo.

El mundo digital ha ayudado a muchos a buscar una mayor renovación. Al menos en cuanto a lenguajes, a apertura, a proximidad. Quiero pensar que, a diferencia de otras instituciones o grupos, no es mero maquillaje y apariencia. Me consta que ha supuesto reflexión en muchos casos y, al hilo de la misma, nuevos planteamientos. Escribir en abierto, dar la cara, difundir encuentros, mostrar la vida de la Iglesia, entrar en diálogo fructífero, hacer esfuerzos de acercamiento, superar prejuicios, derribar muros, mirar mejor el mundo, valorar más a toda persona. Y se ha hecho en muchos casos bien por no dejar de sentirse parte de una historia y un proyecto vivido con amplitud y en comunión. La red, que tiene mucho de evangélico, prima la relación y el contacto, o el contacto que deriva en relación.

Si pienso en claves importantes para la evangelización digital, diría lo siguiente:

  1. La estrechez de Twitter supone la oportunidad de pensar lo que queremos decir, en lugar de hablar por hablar. Y esto es muy importante, porque exige un cierto silencio.
  2. Poder interactuar, generar conversación sobre lo que acontece en nuestras sociedades implica estar atento y mirar. Una mirada que se ha hecho curiosamente local y global al mismo tiempo, que crece en ambas direcciones. Internet ha girado hacia uno de los núcleos más humanos, como plegándose a la huella de su creador: la relación.
  3. Cualquier red social sirve para darse a conocer, tanto como buscar conocer a otros y saber qué sienten, qué les preocupa, qué hay en su corazón. Y bendecir.
  4. La capacidad de asociación y pertenencia ha sido aprovechada por muchos como luz para poner en común, compartir y encontrarse siendo “parte de”. De algún modo ha ayudado a encontrar un lugar, no solitario, desde el que estar.
  5. El mundo digital ha obligado a “tragar” con la perspectiva del otro, que no pocas veces es a un tiempo su mirada legítima y la reducción del mundo hecha desde su mirada legítima. Y ahí, en ese momento, hay que aprender nuevamente a acoger, porque nos damos cuenta de que quizá nuestra mirada no sea la única mirada.
  6. Salir al encuentro, que también es posible, frente a planteamientos que reclaman apertura pero para que vengan aquí. Es decir, implicarse y comprometerse en las bondades de las personas, que no son ni pueden ser ajenas a la iglesia.
  7. En la cultura digital, quiero pensar, va ganando puntos la vida compartida frente al mero postureo existencialista. Los selfies, en los que aprendo a leer cómo están las personas y qué quieren decir, están cargados de la necesaria autenticidad sin la que todo se convierte en vacuo y superfluo. También, en este sentido, la red ha servido para mostrar una iglesia con rostro más humano.
  8. De igual modo, hemos ganado como cristianos en formación. No sólo en acceso a información, porque siempre hemos tenido a mano más de lo que podíamos abarcar, sino de formación. Inquietudes que nacen en no pocas ocasiones al hilo de acontecimientos que nos preocupan y que están ahí. Y que han ayudado a reordenar y reorientar ideas y prejuicios, que también se tienen.
  9. Dar la cara, porque en la red todo tiene nombre y foto (por no decir “rostro”). Ser entonces “yo” el que diga, el que exprese, el que muestre, el que hable, el que dé mi opinión, el que valore, el que aporte, el que tienda puentes. O lo contrario. Y ahí se ve una iglesia situada de otro modo.
  10. Muchas más cosas, sin duda alguna, pero termino con la necesidad de avanzar y dar nuevos pasos. La iglesia en misión, de la que habla Francisco, también se encuentra en la red para comunicar buenas noticias y la Buena Noticia.

Ojalá sea un ámbito que vivido con libertad y con espíritu de comunión, sirva al conjunto de la iglesia y de la sociedad.