La mejor Navidad de mi vida

Por Josué Villalón.- Este año he vivido unas Navidades muy especiales, las mejores Navidades de mi vida. Y eso que he estado muy lejos de los míos, fuera del calor del hogar. Tampoco he tenido una gran cena de Navidad ni he disfrutado de la compañía de mis amigos. Sin embargo, eso sí, he recibido muchísimos regalos, de esos que te cambian la vida.

Este año he pasado la Navidad en Irak, junto a mis hermanos cristianos que han huido de sus casas, perseguidos por los yihadistas. Cada uno de ellos ha sido para mi un don del Niño Jesús en estas fechas. He podido palpar a Dios que se ha encarnado en Irak. Allí he acudido como delegado de la fundación pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada (AIN), que ha puesto en marcha una campaña de emergencia por los refugiados. Conmigo han estado Xiskya Valladares, “la monja tuitera”y miembro del staff de iMision y Dominik Kustra, delegado de AIN en Valencia. Doy gracias a Dios también por ellos. Quiero compartir ahora alguno de los “regalos” de nuestra Navidad.

Los cristianos de Irak llevan siglos lidiando con las amenazas, la violencia y la muerte, por solo el hecho de seguir a Cristo. “No es la primera vez, ya conocemos bien lo que es el Islam radical”, asegura Amal, madre de cuatro hijos, cuando narra el exilio forzoso que vivió toda su familia la noche del 6 al 7 del pasado mes de agosto. Ese día en el pueblo cristiano de Qaraqosh se vivió un auténtico pogromo contra los bautizados. Tras tres días de bombardeos, las explosiones llegaron al centro de la localidad, matando a dos niños y una joven que iba a casarse en pocos días. Los vecinos dieron la voz de alarma y nadie se lo pensó dos veces, los que pudieron, se marcharon. Ahora la mayoría vive como refugiados en Ankawa, el barrio cristiano de Erbil, la capital del Kurdistán iraquí.

Amal, en el centro, con dos de sus hermanas. Todas han huido con sus familias del pueblo cristiano de Qaraqosh

“Para nosotros ha sido el día de la Salvación”, dicen, refiriéndose a la oscura noche en que abandonaron sus casas. “Hemos salvado la vida, la fe es todo lo que tenemos ahora”, asegura Bashar Barak, marido de Amal, que nos invita a tomar café en su tienda de campaña del centro de refugiados de Mar Elia. Apenas tienen para sobrevivir, sin embargo comparten todo. Antes era albañil, ahora busca empleo pero no hay nada para los refugiados. Su mujer y él han tenido que vender hasta sus alianzas de boda. La Iglesia es la única que les ayuda. Dan gracias a Dios porque pudieron escapar a tiempo. Les acompañamos durante un rato, para felicitarles la Navidad y decirles que estamos con ellos, que hay mucha gente que reza por ellos. Me impresiona su fe, a pesar de haber perdido todo. Ninguno reniega de Dios ni se pregunta eso de “Si Dios existe, ¿por qué hay mal en el mundo?”. Todo lo contrario, aseguran que ahora están más cerca de Dios, que tienen más fe que antes.

Bashar Barak, con su hija pequeña

Pero no todos se marcharon tan rápidamente de Qaraqosh. Algunos se quedaron cuando llegaron los terroristas, como los Jadar, que no querían perder su casa. Sus cuatro hijos mayores se fueron con otros familiares, solo se quedó la pequeña, Cristina, de tres años. No tenían agua ni luz, sobrevivían gracias a los alimentos que les daban los islamistas, a petición del imán del pueblo, que no era radical. Sin embargo, el señor Jadar necesitaba atención médica, así que un día decidieron salir de la casa convencidos de que al menos les dejarían ir al hospital. Cuando salieron, un “príncipe” terrorista señaló a la pequeña Cristina con el dedo. En seguida, se la arrebataron de las manos a su madre para entregársela al jefe. Los llantos y las peticiones de clemencia de rodillas en el suelo no sirvieron de nada. Llevan cinco meses sin saber de Cristina, ahora viven en el centro para refugiados Ankawa Mall. A pesar de todo lo que han vivido y de su sufrimiento, ellos tampoco reniegan de su fe.

 

Con los Jadar, tienen la foto de la pequeña Cristina en la pared de su refugio

Qaraqosh era el pueblo cristiano más grande de Irak, ahora ya no suenan las campanas de sus iglesias. Como la iglesia de Tahira, el templo cristiano más grande de Oriente Medio hasta hace unos 20 años. A esta iglesia solía acudir la señora Sabiha cuando los achaques de la edad se lo permitían. Ella es un signo visible de la fe histórica y valiente de los cristianos iraquíes. A sus 100 años, tuvo que salir de casa en brazos de su nieto en mitad de la noche. Ahora vive en un cuartucho de unos 20 metros cuadrados, postrada en una cama, junto al resto de su familia. Son vecinos de los Jadar en un edificio en construcción, un gran amasijo de hormigón que iba a ser un centro comercial.

Sabiha lleva tatuada una cruz en su nudillo y una palabra en arameo en su arrugada muñeca. Le regalamos un rosario y le dijimos que rezábamos por ella. No paraba de darnos besos mientras exclamaba “¡Que Dios os bendiga!”. Este es otro regalo más de mi Navidad. A pesar de todo lo que está pasando, Sabiha nos abre su casa. De ella cuida su hija Josefina, que no duda en ofrecernos kulacha, unos pastelitos típicos de Navidad. De nuevo, el gesto generoso de dar hasta lo poco que tienen.

Con la señora Sabiha, de 100 años de edad, que tuvo que huir de Qaraqosh en brazos de su nieto

El barrio de Ankawa es la última encrucijada para miles de cristianos iraquíes antes de escapar definitivamente del país. Sin embargo, todas las familias con las que pudimos hablar nos decían que su deseo era volver a sus casas. También nos decían que no querían venganza, que perdonaban, pero que solo iban a volver si les garantizaban que no les pasaría otra vez, ya han aguantado demasiado. Y estos son solo algún ejemplo de las decenas de familias con las que hemos hablado directamente.

Al lado de estas familias están los sacerdotes y religiosas que también han perdido sus conventos y parroquias, perseguidos y refugiados como ellos, pero que siguen al servicio de los más pobres y olvidados. Como el Padre Hanna Yayuki que lleva 57 años siendo sacerdote en Irak y ha visto morir a cientos de cristianos en atentados contra iglesias y asesinatos selectivos. A su edad, que no quiere revelar, está supuestamente jubilado, pero sigue ayudando como un sacerdote más. Él era de Mosul, servía en la catedral, tuvo que huir también.

 

P. Hanna Yayuki lleva 57 años siendo sacerdote en Irak, él también es un refugiado

Después de escuchar estas historias, mi corazón se encuentra dividido entre la tristeza y la alegría, entre el miedo y la esperanza. Tristeza por las personas que se han quedado en Irak, como Sabiha, Bashar, Amal o el P. Hanna. Pero contento porque he comprobado cómo Dios se ha hecho carne en cada uno de ellos. Cómo, a pesar de todo lo que han perdido, ninguno reniega de su fe, y quiere seguir trabajando por la libertad, por Cristo y su mandamiento de amor.

Doy gracias a todas las personas que nos han enviado sus mensajes de ánimo y apoyo, que decían que éramos héroes por haber ido a Irak a pasar la Navidad. Pero los auténticos héroes son los cristianos de allí, que ha pesar de todo lo vivido, quieren salir adelante y no tiran la toalla. Han perdido todo por ser fieles a Cristo, ahora nos toca a nosotros darlo todo por ellos, no dejemos que desaparezca la Iglesia en Irak. Podemos ayudarles de tres formas, contémoslo a nuestros amigos y familiares, que no caiga en el olvido. También la oración es muy importante, siempre que visitábamos a una familia nos pedían rezar por ellos, porque saben que la oración puede cambiar el corazón del hombre. Y también ayudémosles con nuestra caridad, a través de instituciones internacionales como Ayuda a la Iglesia Necesitada. Navidad para mi tendrá siempre un gran significado, estoy marcado para siempre, yo también soy cristiano de Irak.

Por último, os comparto un video mensaje de Feliz Navidad de los cristianos refugiados de Irak:

 

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